La piscina

Cierto día otoñal, quién sabe si era sábado o martes, cuando la hojarasca se encontraba ya plenamente asentada en los parques y terrizos, se acercaron los hermanos Acero al jardín de la parte de atrás de su casa, en una bonita avenida de nueva construcción en ese enorme extrarradio situado al sur de Madrid.

La familia Acero se había mudado tiempo atrás a aquel lugar, cuando aún los padres eran sólo una pareja, casada recientemente, pero con serias aspiraciones familiares. Tres hijos quería tener ella, y tres hijos tuvieron.

Los hermanos Acero, varones los tres, se acercaron aquella jornada de otoño a la zona trasera de aquella casa, pasaron por el porche de madera pintado de blanco y bajaron los cuatro o cinco escalones que llevaban a la zona verde, teñida en este caso de marrón oscuro con numerosas trazas amarillas y rojas que formaban algunas hojas a las que aún daba la luz del sol.

Poco a poco descendieron por los peldaños, sin hacer demasiado ruido, casi en fila india, los pequeños hermanos Acero, jerárquicamente ordenados según altura (y edad) de mayor a menor, en busca de alguna aventura curiosa que les permitiera mancharse pertinentemente o romper sus prendas lo suficiente como para hacer enfadar a su querida madre. Tres hijos quería tener ella, y tres hijos tuvo la pareja. Cada uno más travieso que el anterior.

Cruzaron con parsimonia y aire despreocupado el jardín pisando cuidadosamente sobre la hierba fresca y los frutos puntiagudos que habían caído de los árboles durante la noche. Parecían claramente tener un rumbo fijo, pero al tiempo vacilaban y alteraban su recorrido de manera que ni ellos mismos sabían muy bien dónde acabar aquella excursión. Tampoco tenían prisa, así que se entretuvieron tanto como quisieron jugueteando por el jardín y lanzándose mohosas piedrecillas sin llegar a darse.

El terreno trasero de la casa era inmenso, y aún más para los jovencitos de la familia Acero, que lo veían todo con sus enormes ojos de infante, y desde la altura de cada uno; es decir, lo veían todo más grande.

Al fondo del jardín estaba situada la piscina, vacía después de aquel largo y tórrido estío, quizás con un verde y húmedo poso al fondo, y cuyas paredes azules levemente descascarilladas se fundían con el abismo. Sería que ellos lo veían todo más grande. Ansiosos y dando pequeños brincos, se dirigieron de manera rauda y diligente a la escalerilla de metal para llevar a cabo un descenso en vertical para el que no habían hecho falta demasiados preparativos.

El mayor tomó la iniciativa y los otros dos se apresuraron a seguir sus pasos, aún en orden, antes de que el primero desapareciera del todo de su campo visual. Así, los tres chicos, vestidos de forma similar, bajaban colocando meticulosamente sus pies y manos en las barras horizontales de la escalerilla, intentando no pisarse ni dejarse pisar los unos a los otros, mientras contemplaban mirando hacia arriba cómo su jardín desaparecía y cómo, de repente, aquel cielo iba empequeñeciéndose ante sus ojos mientras cada vez se veían menos y menos hojas en las copas de aquellos grandes y coloridos árboles. La bóveda era cada vez más estrecha, pero continuaron descendiendo.

Tuvieron tiempo, durante la bajada, de darse cuenta de lo efímero de la vida, de cómo los grandes momentos, como aquel, duraban segundos, mientras que la reprimenda de su madre duraría, a buen seguro, varios días. Máxime cuando les habían advertido seriamente de que aquello no lo debían hacer. Estaban haciendo, a sabiendas, algo explícitamente prohibido, aunque eso no había supuesto ningún problema en épocas pasadas para los jovenzuelos de la familia Acero, famosos en la barriada por ser frecuente que acometieran serias travesuras, merecedoras siempre de riñas y castigos de toda índole.

Los hermanos Acero se deslizaban a un ritmo lento pero constante hacia el suelo de la piscina, que ciertamente se encontraba en realidad más lejos de lo que habían ni siquiera llegado a pensar.

Saber tomar precauciones no era una virtud que definiera a ninguno de los tres chicos, por lo que ninguno había pensado bien qué estaban haciendo y, como en veces anteriores, hacían caso a la reciprocidad de sus ánimos para seguir adelante con toda aventura. No necesitaban mecha ni chispa para explotar. Tan sólo estar los tres juntos y dejarse llevar por esa impulsividad enfermiza que les conducía hacia el fondo de una piscina que era bastante profunda.

Ya casi no se alcanzaba a ver el cielo. Llevaban varios minutos de bajada y aún no habían tocado el suelo. Pronto, empezó a cundir el pánico. Nadie articuló palabra. No se atrevían. Es como si hubieran entrado en razón. El miedo y la oscuridad se apoderaron de ellos. El hermano mayor de los tres quiso decir algo. El silencio intenso dejaba escuchar hasta la última gota de saliva con la que intentaba romperlo. Al momento, se escuchó un leve crujir proveniente de uno de los peldaños más bajos de la escalerilla, corroída por el óxido. El leve balanceo de las barras, que parecían sueltas en su parte inferior, hizo temer lo peor. 

El hermano mayor volvió a intentar decir algo. En un instante, se repitió el crujido. Momentos después, la barra quebró y el hermano mayor, que tenía los pies sobre la misma, cayó al vacío, oscuro y silencioso, mientras pedía auxilio a vivas voces en su caída. No se escuchó golpe alguno, pero los gritos dejaron de sonar a los pocos segundos, callados por la distancia. Los otros chicos, temblando, no intentaron acudir en su rescate. La escalera se había roto, y el cielo ya no era más que un punto en lo más alto de aquella escalera. 

Una total oscuridad se cernió sobre los dos hermanos más pequeños de la familia Acero. Pronto, el frío empezó a hacer mella, y ambos estallaron a llorar desconsoladamente mientras permanecían inmóviles pegados a la escalerilla, incapaces de reaccionar, sin fuerzas y calados de humedad hasta los huesos.

Alarmada por la llantina, la madre encendió la luz presta, y sacó a ambos niños del armario, donde se habían quedado dormidos. De la oreja, los puso a los dos sentados sobre la cama y les preguntó al respecto del alboroto. No parecía enfurecida, pero sí extrañada.

–Bueno, ¿y se puede saber dónde está vuestro hermano mayor?- Preguntó.

Todavía con lágrimas en los ojos, envueltos de frío y asombrados, los pequeños se miraron mutuamente con la cara blanca de estupefacción sin saber muy bien cómo cojones explicarle a su madre –que permanecía con una breve sonrisilla esperando una respuesta convincente que zanjara el asunto- que su hermano se había caído segundos antes en una piscina infinita y que, muy probablemente, no lo volverían a ver. Tres hijos quiso tener ella, y según se cuenta, sólo dos le quedaron.



El Pillín de Don Iñaki

La calma reinaba sobre el chalet a las afueras de Barcelona que el señor Don Iñaki y su esposa, Cristina, tenían desde hacía unos años. Qué bonita época. El sol lucía impecable en el cielo. A Don Iñaki lo que en realidad le molestaba era el viento, no se crean, porque azotaba en los barrios de ricos y pobres molestando a todos por igual. A Don Iñaki le encantaba el buen tiempo. El buen tiempo… ¡y los gambones!, se apresuraba a aclarar siempre entre sonoras risas.

El señor Urdangarín dejó a sus vástagos en la puerta del colegio de pago con cierta prisa y, una vez se hubieron apeado para llegar a tiempo al ensayo general de la obra de teatro que estaban preparando, Iñaki dijo al mayor que él se tenía que ir a hacer unos recados. Los chicos entraron y él marchó en el todocamino familiar rumbo a su oficina para triturar algunos documentos antes de que llegara el Lunes.

Con la tarea concluida y sin dejar evidencias de delitos fiscales que pudieran ulteriormente acarrearle problemas con la justicia, ya de camino a casa, inspirado por una melancólica música de piano de Ludovico Einaudi, a quien seguía tras haber visto Amélie con su esposa, y de quien se había bajado cientos de archivos gratuitos MP3, pensaba silenciosamente en lo fugaz de la vida, en las metas que no había conseguido lograr, en que la juventud no regresa, en esos amigos y familiares a los que nunca más volvería a ver, en que el lobo es un lobo para el lobo, y el hombre un lobo para el hombre, en los gambones, en esas maravillosas puestas de sol que se disfrutan Mediterráneo, en que las Baleares no eran más que una reaparición de las cordilleras béticas, donde tantas y tantas veces había esquiado, tras kilómetros bajo el mar. Pensaba en que no tenía miedo a la muerte, y sí a la soledad. Pensaba también en el determinismo social, en la seguridad con que algunos chicos encuentran en su destino la más absoluta desgracia, sin una mano redentora, sin finales felices. Iñaki pensaba en sus sueños, en que no había techos que pudieran pararle.

Era un camino largo.

Recogió en el chalet a su esposa, que lucía un flamante vestido rojo, y ambos se encaminaron hacia el colegio, donde tras el ensayo general de esa misma tarde, sus hijos interpretaban la obra de teatro “El Fantasma de Canterville”.

Ya en el colegio, Don Iñaki tenía la costumbre de no andar demasiado desde el coche hasta el sitio donde tuviera que ir, así que como estaban todos los huecos ocupados, se apresuró a aparcar en el reservado para minusválidos –lo que le costó una disputa con un minusválido de verdad, un tipo molesto, que “parecía enfadado con la vida”, decía Don Iñaki– y salió del coche haciéndose el cojo ante la atónita mirada del resto de padres. La Infanta, abochornada, se tapaba la cara con la mano entre sudores fríos, aguantando lo penetrante de las miradas de los asistentes a la función. La desfachatez de Don Iñaki era palpable en cada acto.

El señor Urdangarín siguió cojeando (de manera manifiestamente falsa y forzada) hasta llegar a la puerta del colegio.

Cristina lo agarró por el brazo y lo introdujo en el interior del edificio. Buscaron unos asientos libres y se sentaron. Antes de comenzar la función, Don Iñaki empezó a echar pestes, criticando a aquel colegio y a mostrar su aburrimiento con comentarios a viva voz que, lejos, de ser jocosos no pasaban de la obscenidad que le era inherente. “El buen tiempo no se puede comprar, Cristina, pero que no falten gambones”, le confesaba a su esposa, cada vez más ruborizada, que no encontraba ya las razones que le hicieron unirse en sagrado matrimonio a tal pelele.

Aburrido en mitad de la obra, cuando ya sus hijos hubieron hecho su breve contribución a la misma, se levantó de su butaca y dijo a su esposa que iba a a curiosear un poco por la zona.
Se introdujo entre bastidores y llegó sin quererlo al escenario, que en ese momento se encontraba con el telón cerrado en un cambio de escenas.

Encontró en mitad del decorado una enorme cesta con caramelos de propaganda recogidos en la Cabalgata de Reyes que formaban parte del guión de la actuación: los niños tenían que tirarlos al público al final de la obra. Don Iñaki, sin advertir la situación, quiso coger un par de ellos y cuando se dio cuenta tenía sus varios bolsillos repletos de docenas de caramelos.

Finalmente, se abrió el telón y apareció Urdangarín llenándose los bolsillos de caramelos de propaganda.

Y aún no se sabe cómo se llama la película.

Mandarinas

Nos pusimos al sol y nuestra piel se volvió brillante y porosa como la de las mandarinas. Tenía tanto calor que al verte quise comerte buscando con ello paliar como fuera el sopor y refrescarme un poco. Lamentablemente te diste cuenta, quizá porque se me vio el plumero. Al final... Bueno, al final me comiste tú a mí.

¡Ay! Echo tanto de menos el día que fuimos como mandarinas que ahora me dedico a abrir los sacos buscándote entre las otras y no te encuentro. Las mandarinas acaban esparcidas por el suelo y finalmente desisto y entristezco.

De repente me doy cuenta del estropicio que he armado y empiezo a llorar porque ya no te tengo y porque no acabo de reconocerte entre las demás. Entonces, en silencio, tú llegas por detrás y me tapas los ojos y me susurras al oído. Que me sigues queriendo, dices, aunque me haya vuelto loco por ti. Me secas las lágrimas con tus dedos, me abrazas fuerte y me das un beso en la frente. Lo necesitaba tanto.

Solamente entonces me quedo tranquilo, y comienzo a acordarme de inmediato del día que nos pusimos al sol y nuestra piel se volvió brillante y porosa como la de las mandarinas. De cuando traté de comerte pero se me vio el plumero. De cuando al final me comiste tú a mí.

Miedo

Cuando tenía nueve años mi horizonte se limitaba prácticamente a los lindes de mi barrio, Santa Clara, y lo exterior era desconocido llegando a representar por regla general y debido a mi ignorancia un terreno hostil donde las personas que allí habitaban no gozaban de la altura moral, la bondad y la hermandad pacífica con que se vivía en mi barrio. Tal era el caso de los niñatos de San Pablo, título que recibían aquellos niños del popular barrio contiguo que se paseaban por el nuestro por las tardes con la sola intención de amedrentarnos, birlar cualquier baratija, dejarse ver, fanfarronear y reafirmar su personalidad atesorando para el recuerdo las miradas llenas de miedo de los niños de menor edad y tamaño con los que se encontraban y a quienes hacían pasar un mal rato. Todo ello, claro está, haciendo mucho ruido. 
No obstante, ya entonces, con tan sólo nueve años, yo sabía a la perfección que en realidad no se trataban sino de unos pobres desgraciados que muy probablemente huían de problemas mayores en sus casas, de su inminente fracaso escolar y, claro, de un Polígono de San Pablo de color gris y blanco con bloques de pisos sin ascensor construido con escuadra y cartabón en la época del Caudillo para las crecientes clases populares de España en los primeros años sesenta. Para redondear la tristeza que emana de la concepción del susodicho polígono, cabe destacar que está a su vez dividido en pequeños barrios conocidos con las letras del abecedario. 
A pesar de que yo entendía que escapar de todo ello en plena era de la globalización era algo necesario para los chicos de San Pablo crecidos en los noventa, a mí me daban mucho miedo, y consiguieron que durante algunos meses fuera la comidilla de las conversaciones en el recreo de mi colegio, y que a mí me latiese más rápido el corazón al ir a clases de inglés los martes y jueves por la tarde, en la academia Top English, que por aquella época se situaba junto al colegio Los Rosales (que históricamente rivalizaba con el mío y por lo que sus alumnos no me caían tampoco excesivamente bien), frente al descampado que se encuentra entre la Parroquia de Santa Clara y el Colegio San Agustín.
Al tiempo, la presencia de los niñatos de San Pablo fue cada vez más esporádica hasta que bien sus incursiones se hicieron anecdóticas o bien yo me hice demasiado grande para ser objetivo de unos niñatos que sólo buscaban presas fáciles, nada que pudiera comprometer su fama. Es posible que tenga más sentido esta segunda opción, y que hoy sean los hermanos pequeños, los sobrinos o los hijos de aquellos niñatos los que se pasean por Santa Clara buscando presas fáciles, y que los antiguos niñatos se rían, como hago yo, sobre lo absurdo e infantil de aquella situación.
En una de estas reflexiones descubrí que no eran tan malos y que, muy probablemente nunca lo hubieran sido. Entonces los perdoné.


Tras un tiempo sin encontrar un nuevo enemigo o un nuevo ente al que temer, apareció el Gobierno como el nuevo objetivo de mi particular odio, con lo que focalicé sobre él mis frustraciones, sabiendo que cualquier novedad respecto a la cada vez peor situación del país venía provocada por ellos. Sin embargo, cuando me di cuenta de que los gobiernos de España seguían por regla general los dictados de Alemania también le declaré la guerra, en mi desconocimiento, a los germanos, y pensé que, al fin y al cabo, nuestro gobierno no era tan malo, que sólo hacía lo que le decían.
No mucho después, se hizo evidente que la Banca estaba detrás de todo, y que, en general, la infraestructura económica, los bancos y cajas de ahorros, las agencias de calificación y, por supuesto, Estados Unidos, eran los culpables de los males que azotaban a nuestro pueblo. Probablemente ni siquiera Alemania podía hacer frente a estos titanes por lo que perdoné su intransigencia y asumí que eran de los nuestros.
Cuando China apareció en el tablero me llevé las manos a la cabeza sobre las presiones que podía ejercer la emergente gran potencia sobre el resto del planeta, y al poco a poco ver cada vez a más chinos en sospechosos coches de lujo, y más y más tiendas de chinos en nuestras calles, me hizo temer los tejemanejes que se traían los chinos para finalmente dominar el mundo: pensando globalmente y actuando localmente, en cada pueblo, en cada ciudad. Entonces pensé que nadie podría plantarles cara a los miles de millones de chinos que hay en el mundo, y ese día me dieron miedo los chinos, más que nadie, porque ni siquiera Estados Unidos, por malos que fuesen, podrían hacerles frente. Mi dilema con los chinos era que la mayoría de ellos parece carecer de alma, de sentimientos, y quizás es eso lo que más miedo me daba, la progresiva robotización del mundo que yo había conocido.
Pasaron los días y reapareció el terrorismo yihadista, otra vez más y cada vez más fuerte, transportándonos el terror y el horror de la muerte que hasta el momento estaba fuera de Europa. Ahora teníamos la guerra en casa, y lógicamente me dio mucho miedo, más incluso que la creciente e imparable expansión china, y mucho más que las políticas alemanas. Esos hombre mataban por placer, y no se conformaban, como los niñatos de San Pablo, con vacilar a la gente, ejecutaban a sus prisioneros a sangre fría, sin importar sexo, raza o condición. Eran unos sanguinarios.
No obstante, algunos artículos y apuntes de clase que leí hacían hincapié en que eran los medios de comunicación los que establecían una cuidadosa agenda con los temas que se debían debatir en la calle, y los que orientaban de alguna manera la opinión pública, adormilaban las conciencias del público y anulaban el espíritu crítico de la población, con lo que nada de lo anterior tendría sentido sino que yo mismo habría sido uno de los miles de millones de pardillos a los que habían engañado, y que habían conseguido enfocar mis críticas en la dirección que ellos habían querido. Y que me habían convencido, desde el principio.
Entonces los temí a ellos, más que a los propios yihadistas, porque eran ellos los que habían permitido de alguna manera legitimar a los terroristas, darles bombo, darles importancia y hacer que los demás tuviéramos miedo de salir de casa. Habían contribuido desde su butaca a difundir el mensaje del terror, de los malos. Y eso hizo que fueran los medios de comunicación los que me dieran miedo, porque eran capaces de hacer lo que fuera y de cambiar la historia a su antojo, poner o quitar a presidentes del gobierno y entrenadores de fútbol a placer, promover leyes haciendo que de la noche a la mañana los buenos fueran malos y viceversa. ¡Ellos lo controlaban todo!
A los pocos días pensé en todos aquellos agentes externos que me habían dado miedo: los niñatos, el Gobierno, Alemania, los bancos, Estados Unidos, China, los yihadistas y los medios de comunicación de masas. Todos en algún momento habían sido malos, conmigo o con el mundo en general, o al menos su manera de actuar había sido para mí motivo de congoja. Los malos de la película, en definitiva. Y al margen de que fuera o no fuera verdad, que yo tuviera o no tuviera razones en verdad para temerlos, me resultó curioso el simple hecho de que en todos los casos había un denominador común. Algo que hacía que pusiera en duda todos mis temores, y que me replanteara si efectivamente la realidad era así como yo la estaba entendiendo. Resultó que todos ellos eran o habían sido malos, y que el único bueno era yo. Extraño, ¿no creen?

La patata no se puede poseer.

Es habitual dar por siempre válida la convención que afirma que “una imagen vale más que mil palabras”. Por su multiplicidad de significados posibles, por sus matices, por su confrontación con la palabra, la imagen resulta más completa que la palabra, suele decirse. La pintura, la escultura y, sobre todo, la fotografía aparecen ante el espectador sin palabrería, libres, vacías pero a su vez repletas de verdadero espíritu humano.

La fotografía -o más concretamente, el fotógrafo-, por ejemplo, incurre en su base en la falacia de pretender transformar lo relativo en absoluto al no utilizar, a priori, el montaje o las técnicas de edición. De esta manera alberga la intención de mostrar de forma objetiva objetos, personas, paisajes o, en general, cosas. De exponerlas tal y como son. Sin embargo, el estado de estas cosas es siempre dependiente del tiempo y del espacio, y su apariencia es en, todo caso y por definición, voluble, cambiante. La congelación de la realidad es, por tanto, mentira. Aunque quizás sea la más dulce y agradecida de todas las mentiras.

Puede, no obstante, asumir un punto de vista subjetivo, poético, y, por ende, contaminado, maculado de interpretación previa, y también falso en términos absolutos, aunque más honesto que el de adjudicarse el rol de paladín de la verdad.

La realidad es, entonces, inalcanzable, perfecta. El fotógrafo la persigue, exhausto en sus caminatas, tratando de capturarla a base de plástico y metal.

Sintiéndose inútil, finalmente, al ser incapaz de atraparla verdaderamente por el simple hecho de que el tiempo pasa, el espacio es móvil y el viento mece sus hojas. La inautenticidad se apropia del fotógrafo porque la patata no se puede poseer. Y lo demás son maniquís, simulacros, cosmética.



Feria de mi corazón

Se hacen muchas críticas a la Feria de Sevilla y muchas de ellas con razón. 

Se dice que es cara y que, por exclusiva, termina por ser demasiado excluyente, al contrario de lo que ocurre en otras ferias de municipios cercanos. 
Y en eso tienen razón.


Que en ella sólo se ve representada una Sevilla rancia y anclada en estructuras obsoletas, que ensalza la figura del señorito, propia de ese caciquismo latifundista tan andaluz (y que sigue manteniéndose vigente, aun cuando los culpables limpian sus manos en galardones, méritos y llaves de la ciudad). 

Puede que en eso también tengan razón.
Que es un canto a la hipocresía y a la farándula, a lo rimbombante, al exceso, al hedonismo. A esa chulería que, dicen, repartimos los sevillanos. A la España de charanga y pandereta.
Y probablemente sea verdad.


Se dice que es poco democrática. Que es sólo para sevillanos o, mejor dicho, para una parte de los sevillanos. Que a veces habla mal sobre la ciudad y sobre su gente, dejando al descubierto las miserias y estigmas que pesan sobre sus vecinos.
Y a lo mejor tampoco van desencaminados.


Pero igual por eso mismo la Feria de Sevilla es la Feria de Sevilla, y no otra Feria, y no otra verbena de pueblo con festín de farlopa y música bachatera. Porque Sevilla es Sevilla y su Feria es su Feria. Y al que no le guste, ya sabe. 

Que no venga.


De aquellos Miércoles, estos lodos

Cómo no iba a acordarme. Esas cosas no se olvidan. Hoy ha resultado ser un día muy especial. A última hora. Para muchos habrá pasado desapercibido, pero hoy es Miércoles de Ceniza, día en que comienza la Cuaresma.

Lo confieso, he tenido que mirarlo. En la web de Antonio Burgos hay un calendario de fiestas en el que contempla, ni corto ni perezoso, hasta el año 2100. Prueba irrefutable de que la muerte no entra dentro de sus planes a medio plazo, lo cual es fantástico, ni de los planes que tiene para la Semana Santa, lo cual no entraré a valorar. Un tipo ambicioso, eso sí. Como el esperanto.

Internet esconde una asombrosa cantidad de sorpresas curiosas y datos imprácticos y absurdos que llenan a uno el estómago de gozo. Por ejemplo y según este calendario, no será hasta 2026 cuando el Miércoles de Ceniza vuelva a caer en 18 de Febrero. Quedan, pues, once años, los mismos que habrán de pasar hasta que caiga de nuevo en 18 de Febrero. Será en 2037. Estaban deseando saberlo, ¿no? Como yo.

Tras entender el carácter puramente matemático de esta repetición, imagino al señor Burgos sentado silenciosamente pero en verdad nervioso, y deseoso de que la noche de los tiempos no se trague a sus queridos palios. Probablemente tenga razón, y eso nunca ocurra. Quién sabe. Habrá que decirle al Coleta que respeten hasta 2100, al menos.

Pero no era lo de Burgos lo que me traía a estas líneas sino el Miércoles de Ceniza que, como digo, es hoy, y he tenido que mirarlo. Me ha resultado ciertamente curioso, porque antes no lo miraba. No, señor. Constituía en sí toda una tradición escolar. Me lo venían recordando religiosamente (por partida doble) semanas antes, y entre compañeros y profesores repasábamos con mimo el protocolo litúrgico y la simbología antes de que llegara el gran día. Llegado el mismo, a una hora prudente de la mañana, ni muy temprano ni muy tarde, cruzábamos el descampado que separa colegio e iglesia, y nos íbamos colocando por orden, banco a banco, clase por clase, hasta comenzar la celebración.

Estudié en un colegio de curas como habrán podido intuir. El de mi barrio. San Agustín, se llama. Hace homenaje a Agustín de Hipona. Bueno... homenaje, homenaje, no. Más bien lo regenta la orden de los agustinos. Creo que viven según las enseñanzas del tipo, aunque no sería capaz de decir ni tres ahora mismo. Es porque me pasé las clases de religión pensando, según fui creciendo, en el Señor de los Anillos, el fútbol, y los culos de las chicas de los cursos superiores. Sobre ellas, no me interesaba lo que tuvieran que decir, yo sólo me interesaba por sus culos.

A decir verdad, nunca supe muy bien qué definía a los agustinos que tanto los diferenciaba, qué sé yo, de los dominicos. Me traía al pairo. En el escudo del colegio había un corazón, una flecha, una bola de fuego y un libro. Así que imagino que sus principios serían esos. Amor al prójimo como filosofía, cultivo del intelecto para el desarrollo espiritual y disparo con arco a objetivos inflamables.

Siempre pensé que hubiera sido más gracioso que en vez de llamarse agustinos, se llamasen Agustines, como si existieran en ella tantos Agustín como en Córdoba Rafaeles. No obstante, y por más que les gustara San Agustín, durante aquella época no conocí a ningún Agustín, tan sólo a mi profesor de kárate, y hasta donde yo sé no rendía culto a Jesús. Verdaderamente nunca supe de su interés religioso, y tampoco me importaba como no me ha importado de nadie, pero al menos no nos hacía rezar. Nos hacía, eso sí, decir cosas en japonés, pero nada lejos de lo común. Entiendo que entra dentro de la ortodoxia de enseñar algo. Uno ha de aprender la Salve en un colegio de curas, y a contar hasta diez y saludar respetuosamente al contrincante en japonés si aprende un arte marcial. Son cosas naturales. Hoy no me acuerdo, eso sí, ni de una ni de otra.

El Miércoles de Ceniza era un día muy particular. Para mí especialmente, que no estoy bautizado, por lo que no podía comulgar, creo, ni tomar parte de ninguna de los actos propios del catolicismo. Ni siquiera lo comprobé. Siempre me quedé con un mal sabor de boca, el de no haberlo intentado. Aunque intuyo que engañar a Dios debe ser como tratar de hacerlo con la administración pública, no cuela si falta un papel. A mí me faltaba el más importante. El pecado original.

Yo me sentaba con los demás y con mi pecado original en la parroquia del barrio. Actuábamos como si nada ocurriese, pero se me notaba... ¡Y tanto que se me notaba! Sentía como si rezumara pobreza espiritual. Como si todos aquellos estuvieran a salvo de las catástrofes, de cualquier desgracia que, quién sabe, nos podría pasar allí mismo. Y sólo yo, de toda aquella gente, estuviera condenado a vagar en el limbo sin que me dejasen entrar en ningún sitio. Ni Jesús, ni Alá, ni Buda. No entraría en sus discotecas privadas post-mortem.

¡Quién nos mandaría a mi pecado original y a mí a sentarnos en las bancas durante el Miércoles de Ceniza! Aquello rozaba lo absurdo. Sentado, de chándal, esperaba a que se levantasen a recibir la hostia mis compañeros, y a que les pusiesen en la frente una cruz con ceniza. Primero el de mi derecha, luego yo, que hacía automáticamente un gesto al de mi izquierda para que fuese él. Normalmente me preguntaba por qué no quería acudir si, total, era gratis. “Es que no estoy bautizado”, me veía forzado a responder ante la insistencia de su pregunta. “Ahm”, me respondía, y sorprendido o sorprendida y con gran decepción y cierto asco se levantaba e iba a que le dibujasen en la frente una cruz con ceniza.

Era una situación humillante. Sólo por esos momentos deseé estar bautizado. Y luego quitarme, no sé. O algo. Bautizarse es como un seguro. No se sabe si puede servir pero todos se quitan de complicaciones. ¿Pero y si... y no estás bautizado? ¿Qué? Pues te jodes. Y nadie quiere jugársela, ser el tonto que se queda sin gloria eterna por no haberse mojado la cabeza. Suena muy duro.

Yo me consolaba a mí mismo pensando en que Dios entendería que, bueno, era aún un niño, y que no tenía culpa. Al fin y al cabo, Dios es Amor. ¿No? Eso dicen. Si era verdad, lo entendería. Si por el contrario era un Dios como la administración pública, seguro que me faltaría algún papel para entrar en el paraíso, estando bautizado o sin bautizar, y me hubiera dejado igualmente vagando en el limbo, malviviendo pidiendo limosna, aparcando coches a las puertas del cielo.

Aquella idea atormentó mis clases de religión en paralelo a los otros pensamientos: El Señor de los Anillos, el fútbol y los culos de las chicas de los cursos siguientes. Fue una constante que me persiguió hasta que aquello acabó y yo me quedé sin bautizar, sin culos y sin Miércoles de Ceniza. Dejé de interesarme por el universo de Tolkien e hice lo mismo con el fútbol.

Me quedé únicamente con mis gafas, mi amor por los animales y este pecado original que me sigue acompañando hoy. Ciertamente nunca conseguí comprender muy bien para qué servía todo aquello del bautismo, la comunión y la ceniza... el libro, la flecha y el corazón con la llama: toda aquella complicadísima simbología que nunca me interesó particularmente. Conservo, eso sí, una completa incertidumbre sobre mi futuro en las puertas del cielo.


Yo solamente quería felicitar al lector este Miércoles de Ceniza y al final me he enrollado. Pero, en fin, cómo no iba a acordarme. Esas cosas no se olvidan.



El cinco de enero y la cultura del paraguas

Resultando extremadamente ridículo cuando está torcido, volteado o completamente desvencijado, cuando no lo está, el paraguas hace irradiar a su portador, bajo la lluvia, serenidad y elegancia. Quizás, majestuosidad y empaque en el caballero, delicadeza y dulzura en la mujer, y pocos complementos pueden alcanzar su finura, su donaire, su saber estar. Distintivo de clase, más allá de sombreros o bolsos. No busquen en otros lugares, no hallarán parangón.

Hoy es cinco de enero y esta noche vienen los Reyes Magos. El señor del tiempo ha dicho que no llueve. Sin embargo, hoy se verán muchos paraguas en la calle. Desde hace algunos años, se sacan para recoger los caramelos de propaganda que son lanzados en la cabalgata de los Reyes Magos. Esto no hace falta que lo explique: al paraguas se le da la vuelta y adquiere así una forma cóncava en vez de mantener la tradicional convexidad con la que fue ideado, de tal manera que recoge a la perfección y con gran eficacia grandes cantidades de caramelos de propaganda que son lanzados desde arriba, de las carrozas, evitando que otros indeseables se los lleven, permitiendo ganar cualquier competición de recogida de caramelos al peso que hubiere en la ciudad y, sobre todo y más importante, asegurando a la familia gran cantidad de caramelos que prometan endulzar un invierno frío.

Es de sobra conocido el carácter esencial que ha de tener en cualquier familia el aglomerar cientos, miles, decenas de miles si se pudiese, de caramelos de propaganda. Y ya se verá qué se hace con ellos. El invierno es largo. Hay visitas, citas, reuniones importantes, compromisos ineludibles en los que no pueden faltar caramelos de propaganda a mansalva. El mañana no existe en el mundo del protocolo.

Los padres ponen todo su empeño en hacer que la cabalgata de reyes de su hijo sea la mejor de todas. Y no es ya por su hijo, qué va. No se engañen. El padre se sabe mejor que otros padres cuando puede vanagloriarse de los kilos y kilos de caramelos de propaganda que lleva a su casa tras la dura tarde, cuando puede regocijarse de su labor, del trabajo bien hecho.

Se plantea una ecuación muy sencilla que podría resumirse de esta manera. Para un padre, es una buena cabalgata cuando su hijo es feliz. Su hijo es feliz en la cabalgata cuando recoge muchos caramelos. Se recogen muchos caramelos cuando uno puede llevarse los del prójimo (delante, atrás, izquierda y derecha), y esto solamente se puede hacer cuando, sin robarlos, se impide sistemáticamente al prójimo que se los lleve, anticipándose a que él consume la posesión sobre esos caramelos y consiguiendo, en definitiva, más caramelos de los que en un principio corresponderían. La única manera de hacerlo es portando un enorme paraguas. Pisoteando, si es posible, la Navidad del vecino.

La moda no pasa desapercibida. Lejos de ser condenada, cada vez son más los que se adscriben a ella. Los que agarran sus paraguas y tratan de conseguirlos todos. La trampa está servida. Pronto los niños no podrán ver la cabalgata, sí verán cientos de paraguas. Y esa es la sociedad que incubamos, los niños se fijan en todo.

Casta. Eso es lo que son. Esos padres son la casta de la que tanto se habla. El huevo de la corrupción. El tejido social que permite la podredumbre que asola nuestras tierras. La razón por la que siempre seremos bandidos, por la que el civismo nos suena a chino, por la que somos europeos solo en el aparentar. La casta son los del paraguas. Y así nos luce el pelo.

Recuerdo entonces a una bellísima Mary Poppins, hoy Supernanny, sobrevolando tranquilamente, gracias a su paraguas, los tejados de un Londres de principios del siglo pasado. Señorial, garbosa, excelente.

Y comprendo que, claro... era todo fantasía, una fantasía de caramelos de propaganda.