Ariadna

Levanté la vista del plato de espaguetis con tomate que me había preparado para salir del paso y Ariadna me estaba encañonando con la Beretta, o mejor dicho, con mi Beretta. Su pulso no temblaba en absoluto pero, sin embargo, parecía estar ciertamente poseída, y eso que yo nunca había visto a nadie estar poseído como tal o, al menos, no lo había reconocido hasta ese momento, pero si existía entre el común de las personas una expresión facial que reflejase lo que es estar poseído, esa era la expresión que tenía Ariadna en ese momento.

De hecho, puedo prometer que si estuviera vivo y se me diera la oportunidad para describir la expresión, creo que diría que Ariadna estaba manifiestamente drogada, lo cual es incomprensible porque ella nunca había sido tan amiga como yo de la manteca, e incluso se violentaba cuando me veía maridar con ella las tardes tontas entre trabajo y trabajo. Como decía, Ariadna estaba congelada en un limbo entre la histeria, la ansiedad, el desconsuelo y la locura. Y lo supe porque sus ojos, que parecían moverse siguiendo un patrón caprichoso como las moscas que no saben dónde aterrizar, se posaban cambiantes sobre diferentes puntos entre mi frente y mi barbilla. Respiraba con violencia, por la boca, y de su frente y sus axilas salía a chorros un sudor que, desde luego, no venía provocado por las temperaturas que en Bogotá teníamos en esa época del año.

Con tan espeluznante panorama delante de mí y justo antes de que apretase el gatillo, recordé el día en que la conocí, una humedísima tarde de marzo en la ciudad de Rionegro, Antioquia, tomando un refresco junto a la plaza. Recordé también nuestro viaje a Cartagena en autobús, el helado de fresa tan malísimo que compramos y que tuvimos que tirar en una papelera, su armario lleno de esas zapatillas simplonas de lona que a mí me resultaban tan parecidas, por no decir que eran prácticamente iguales, pero que ella se guardaba de distinguir y seleccionar para cada ocasión; el olor avainillado de su pelo y también su pasión por la novela negra y las historias policiacas a las que en más de una ocasión trató de aficionarme pero que a mí me aburrían tanto y que tanto se alejaban, por supuesto, de la realidad.

Debo aclararle al lector, que seguro se encontrará despistado, que Ariadna no era una mala persona, pero sería igualmente injusto explicar quién era sin mencionar que, al margen de su predilección por las zapatillas de lona y las novelas policiacas, era alguien profundamente carente de personalidad. Y con esto no quiero decir que aquello, el no tener personalidad de ningún tipo, fuera un defecto. De hecho, pienso que la gente suele asociar muy alegremente el tener una personalidad especial con los aspectos positivos o las virtudes de una persona y no existe nada más lejos, en mi opinión, de la realidad.

Ariadna, que, como digo, carecía completamente de personalidad y no destacaba en nada en absoluto, ni para bien ni para mal, tampoco tenía preferencias en cuanto a ninguna cosa, ni extraordinarias capacidades que destacar, ni traumas de gravedad, ni inseguridades problemáticas, ni grandes sueños, ni aficiones reseñables, ni gustos declarados en prácticamente ningún tema, ni tabúes, ni secretos, ni objetivos vitales de importancia, ni opiniones controvertidas que tratase de imponer o que callase a sabiendas, ni ideales por los que yo jamás la viera luchar o banderas que la moviesen a hacer tal o cual cosa interesada o desinteresadamente, y era, por el contrario, una persona voluble y fácil de tratar, como una ameba, como el comodín de la baraja que llena de gracia cualquiera que sea la mano que esté sobre la mesa, y se adaptaba a conversaciones de todo tipo, a personas con temperamentos fuertes y dispares, y también a escenarios cambiantes, a ciudades diferentes, a mis taras, a mis amigos o a las taras de mis amigos, y pasaba por la vida un poco de puntillas, sin hacer mucho ruido, pero sin tampoco pringarse ni atascarse en ningún lodazal demasiado profundo, como sí que hacen, o hacemos, el resto de personas. Así era ella.

Tenía la capacidad de flotar, digamos, por este mundo, sin apenas tocar los problemas, y sin dejar que los problemas la tocasen a ella. Ahora que lo recuerdo, era como si en cierto modo en vez de andar, levitase, consiguiendo sobrevolar siempre por encima de los dilemas, las dudas o las emociones que normalmente atrapan al resto de los mortales y nos van consumiendo poco a poco, haciendo que hipotequemos nuestras vidas y que nos arrastremos por tierra firme cargando un ancla hecha de aspiraciones y metas, que se engancha en cada pequeña piedra del camino, y que nos convierte en esclavos de nuestros propios sueños, o incluso de sueños que no son nuestros, y que son en realidad quimeras que otros nos han hecho soñar para tenernos moviendo incesantemente la rueda de su molino.

Ariadna, en fin, pasaba de todo eso de una manera que siempre envidié, y para ella su vida, la vida, no tenía en realidad ningún propósito, no tenía ningún sentido, lo que empequeñecía de alguna manera su existencia y su ego, pero que la convertía en capaz de permear cualquier tejado, colarse en cada ventana, disfrutar de la lectura y de la plenitud de pasear por otros mundos, sin las ataduras que la realidad y que la coherencia imponían sobre el resto de la sociedad; y caía y volvía a levantarse como la hoja que recién ha caído del árbol y que evita tocar el suelo mecida por el viento.

Al final, resultó que Ariadna era una persona verdaderamente mágica aun careciendo de personalidad, y por eso yo la admiraba tanto, y me resultaba tan simpática la asociación automática que todo el mundo hacía entre las ideas de personalidad y de virtud, cuando ella sin tener de la primera, era un enorme y colmado pozo lleno de la segunda.

Es precisamente por la falta esa personalidad que Ariadna tenía y que vengo mencionando desde más arriba en este mismo texto, que nunca jamás entendí, y sigo sin entender, que Ariadna estuviera como poseída aquella tarde, cogiese mi Beretta de la cómoda del pasillo y me encañonase cuando yo me había preparado unos espaguetis con tomate para salir del paso.







El donut de Stalin

"Bajo el liderazgo del gran Stalin - ¡Adelante al Comunismo!" rezaba el cartel del que me obsesioné hace algún tiempo. Mucho antes, durante los años noventa, echaban en la tele una serie de anuncios de una conocida marca de berlinas glaseadas en los que a los protagonistas les caía un bizcocho del cielo tan sólo con levantar el dedo índice.

El verano pasado estas dos ideas aparentemente infecundas decidieron unirse en matrimonio, o quizás no debe llamársele matrimonio, y yo, que soy al fin un esclavo de la necedad (y muy gracioso), le coloqué a Stalin un donut en el dedo. La cosa en principio no daba mucho más de sí.

Luego me fijé en que de una manera totalmente incomprensible y puede que mágica, algunos de los granjeros y obreros georgianos, rusos o soviéticos en general que antes miraban al dictador ahora seguían con la mirada al dulce bollo, y que la devoción y ciega fe de sus expresiones se habían convertido en una emoción mucho más fuerte, el hambre.

De repente, la imagen original pasó de ser propagandística a ser cómica y, al momento, a convertirse en un laberinto de dobles sentidos en el que ni yo mismo sabía muy bien qué significaba qué. Y además me entró hambre.

Después me quedé pensando, ya que era verano y no tenía nada más importante que hacer, o puede que procrastinando el poner algo de orden en mi vida, y por rizar un poco más el sinsentido, en que puede que la propaganda comunista fracasara en lo que el capitalismo acertó: en recurrir a esas deliciosas e irresistibles berlinas glaseadas siempre tiernas y elaboradas cada día.

El dictador confió demasiado en su carisma y en su frondoso bigote, y acabó siendo un genocida. No supo entender que eso nunca termina de funcionar. La propaganda comunista se había dedicado a convencer, mientras que el capitalismo trataba de seducir. Y puede que no a todo el mundo le gusten los genocidios, puede que no a todos le gusten los bigotes, pero a todo el mundo le gustan los donuts.

La imagen puede contener: 11 personas, personas sonriendo, texto que dice "под водительством великого O сталина-впер K коммунизму!"

Deconstrucción

Iluso como casi siempre, entré al Laberinto queriendo quizás demostrarme algo a mí mismo, y me perdí entre sus enormes paredes. Durante el día apenas alcanzaba a intuir la luz del sol en lo alto del cielo. Lo escudriñé durante un largo tiempo, sin rumbo definido, hasta por fin dar con un enorme jardín que parecía ser su centro, poblado por una alegre y frondosa arboleda, y multitud de flores de colores.

Habiendo contemplado su abundancia, su indescriptible belleza y lo fértil de su seno, me propuse salir aunque me acompañase una sensación agridulce. Por un lado, la seguridad de saberme capaz de marchar sin necesidad de ovillos de hilo ni miguitas de pan. Por el otro, la decepción de no haber podido derrotar al Minotauro. Y la certeza de tener que volver a huir, tarde o temprano, de la sombra heroica de Teseo.

Llegué al angosto pasaje que separaba el Laberinto del mundo exterior y me detuve en el umbral. Me pasé la mano por la frente queriendo secarme el sudor y encontré que me surgían de las sienes dos pequeñas protuberancias. Miré con absoluto desconcierto al horizonte buscando algo que me resultase familiar y no encontré sino un ingente terreno devorado por la ambición humana.

Volví tras mis pasos y comprendí, entre bramidos, que nunca hubo Ariadna, que nunca hubo Teseo. Y que el Minotauro era yo.

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Quiso un pájaro

Quiso un pájaro y me convertí en un gorrión para posarme en la cornisa de su ventana. Después quiso tener un árbol y poco me faltó para ser el sauce de su piscina. Al tiempo se le antojaron un soplo de brisa, una gota de agua sobre su nariz, un puñado de tierra, un libro que le hiciera pensar, una naranja amarga, una palangana para la ropa, un paquete de chinchetas, un ventilador para el verano, un niño, un perro, un gato, un charco sobre el que saltar, un billete de tren, una lechuga romana, una comedia romántica, un tomate, un juego de mesa, un bolígrafo, un pañuelo. Y yo me convertí en todos ellos.

Luego vino a por mí y no supe qué disfraz ponerme.



El niño que cambiaba de tamaño



Érase una vez un niño que gustaba de hacerse grande de vez en cuando para otear con solvencia los horizontes de su mundo de niño y poder mirar desde arriba los campanarios y los nidos de cigüeña. Y se hacía grande y chillaba con fuerza para que todos le oyesen y podía así comer cientos de kilos de riquísima tarta sin cansarse.

Y disfrutaba de la misma manera el niño al hacerse muy pequeño, del tamaño de un ratón, para esconderse cuando no quería que lo vieran porque sabía que se había portado mal… y se ocultaba debajo del sofá para oír con curiosidad las conversaciones de sus padres, o debajo del pupitre cuando había olvidado hacer los deberes.

Había una vez un niño que podía en un momento ser muy grande o muy pequeño, según le conviniese, sin dejar jamás de ser un niño.


Siempre hay gente rara en la estación de autobuses

Siempre hay gente rara en la estación de autobuses. Aunque nunca me creí el cuento que dice que los poetas se inspiran en este tipo de lugares públicos o de tránsito, y haciendo constar también por escrito que jamás me las di de poeta, tampoco hay que negar que la gente rara evoca, por definición, historias misteriosas e invita a especular sobre las aventuras que hayan podido vivir. A inventar sus vidas, sus miedos, sus vicios.

Hay una mujer con cara de niña que busca un sitio para poder sentarse... pero no cerca del tipo con gorro de lana que no se ha duchado en diez días. Otro joven parece atender a un rezo islámico online, y entre él y yo se cruzan un grupo de chicas quejándose del frío (son las mismas que en verano se quejan del calor). Una niña que corre, una familia al completo que despide a su hija mayor, un hombre con varias bolsas de Mercadona, una señora que debe estar preocupada por su pensión, o por saber qué prepararle a su nieto el próximo fin de semana que vendrá de visita, y un camarero bastante simpático que bajo sus ojeras oculta, como puede, la convicción íntima de saberse un desgraciado: quería ser futbolista cuando niño, y ahora indica a los viejos que tienen el mando para activar la máquina de tabaco atado a un cordel roñoso pendiente de una columna de azulejos cascados.

En realidad no son gente tan rara, y podría decirse que se trata de gente normal. Personas normales, en definitiva, con sus historias normales, sus problemas normales y sus vidas normales. Una normalidad que me asfixia por su abundancia.

Hoy todo parece tranquilo en la estación. De repente, se abren las puertas y entra de golpe un soplo de aire frío, y con él entras tú, y no sé distinguirte entre lo helado del aire. Se me olvida entonces el escrutinio celoso que hacía de las vidas de la gente, que me dan igual. La mujer con cara de niña deja de tener rostro, el hombre que no se duchaba ha dejado de oler mal, y la señora dubitativa parece haber resuelto sus problemas con la administración.

Entras tú y contigo entra un frío que se me agarra en las rodillas, se me posa en las orejas y en la punta de la nariz. Me invade y se mete dentro de mí, y cuando pasas por delante, sin advertir mi presencia, me ha terminado de calar hasta los huesos. Con lo tranquilo que estaba.

Siempre hay gente rara en la estación de autobuses: una niña que corre, un hombre que sigue un rezo, una señora que se preocupa por su nieto, un camarero que se siente desgraciado. Y hoy también había un tipo helado de frío, ya más adulto que niño, que observaba a los transeúntes especulando sobre sus vidas y escribía en un cuaderno lo que era incapaz de decir.

“Ya nadie escribe en un cuaderno”, decía la gente al pasar, “desde luego siempre hay gente rara en la estación de autobuses”, comentaban en voz baja al verlo.

Luego entraste tú.



El gato mirando al cielo estrellado

Una vez cuando era yo más pequeño, quizás a la edad de diez años, o puede que a otra edad —pues no he sido nunca diestro en el arte de calcular edades—, me mandaron en clase de plástica que pintase, como todos los demás niños, una composición utilizando figuras geométricas para luego colorearlas con rotuladores. Los pormenores técnicos son lo de menos, en realidad, pues fuera cual fuera la técnica que hubiésemos de emplear, yo me encargaba personalmente de buscar en ella las posibilidades para llegar a resultados sencillamente catastróficos. Independientemente de los materiales, del tiempo de que dispusiese, o de las circunstancias que me rodeasen, yo acababa por convertir aquellas tareas, pues no dejaban de ser tareas, en auténticos despropósitos.

Esto fue frustrante, en realidad, durante algún tiempo, debo decir, pero con los años comprendí que había cosas para las que uno, simple y llanamente, no había nacido. En cierta ocasión, como venía contando, tuvimos que pintar una lámina con figuras geométricas para luego colorearlas. A pesar del esmero con que acometí la empresa, ni las figuras ni el posterior tratamiento de color fueron del gusto del profesor, que evidentemente me suspendió, quizás para no desmotivarme del todo, con un 4. Acepté la calificación sin refunfuñar demasiado, siendo como soy yo de refunfuñar bastante, y confiando en que las musas vinieran a visitarme en oportunidades venideras. En fin, que me disponía entonces a retirarme y fue entonces, justo antes de levantarme de la mesa, cuando el profesor me preguntó que qué había escrito en la esquina, pues aún siendo como era una composición dura, abstracta y de difícil digestión, había intuido una pequeña frase en uno de los bordes de la misma.

"El gato mirando al cielo estrellado", le contesté. "Le he puesto título", le dije, "porque esto parece un gato... Y el resto, bueno: el resto son como estrellas". El profesor levantó la vista de la hoja y cuando esperaba que terminase por hundirme del todo, me dijo seriamente, "me gusta el título: tienes un cinco". Yo me levanté y me fui a mi asiento sonriente y me senté al pupitre con dos certezas, la primera, que nunca dibujaría bien porque, bueno, simple y llanamente no había nacido para ello. La segunda, que a veces tenía la suerte de ver gatos y estrellas donde otros veían solo mierda.

Y hasta hoy.





De cuando me regalaron unos guantes de portero

Cuando era yo pequeño era ciertamente ya mayor. Luego continué siendo un niño mucho tiempo, quizás falsamente. Creo que aún lo soy. Pero no fue un camino de rosas: he de lamentar que en la frenada por evitar hacerme mayor me torcí el tobillo un par de veces, lo que me costó sin duda mi carrera futbolística, tan de moda en la época, y me colocó de portero durante quién sabe cuántos años más, forzando a mis padres a comprarme unos guantes de portero… guantes que acepté con cierto recelo, evitando obsesionarme con la parte maldita de aquella manzana: el saber que jamás sería un buen jugador, y que sólo valía para ser portero. Me propuse, al menos, ser un portero correcto, sin florituras.

Pues bien, no conseguí ni una cosa ni la otra. Dediqué los recreos en la portería del patio del Colegio Público Santa Clara, situado en el barrio del mismo nombre, a dejarme llevar por historias inventadas y ensoñaciones, o cuentos que yo mismo trazaba y que hoy lamentablemente ya se me han olvidado. De cuando en cuando, sí que es verdad, regalaba a mis compañeros una gran parada para mantener, al menos, aquel estatus que me habían concedido como portero fijo, (que era lo contrario del por todos envidiado portero-delantero), que si bien de segundo nivel, no me convertía en un paria sin oficio ni beneficio. Había que sobrevivir en aquella jungla. “Era el mercado, amigo.” Hoy pienso, o quiero pensar, que recibí aquellos guantes con ilusión y algo de humor, que en cierta manera emanaba de mis propios padres, que conocían perfectamente la situación. Aunque posiblemente también sea mentira y me lo tomé regular. Llevé mal aquella situación un tiempo hasta que me olvidé de aquello y metí mis carreras como jugador y portero en el baúl de las batallas perdidas.

Hablando precisamente del humor, desde muy pequeño yo ya sabía que existen en el corazón del mismo dos semillas enterradas que extienden silenciosamente sus raíces de orilla a orilla. Y es que con escasos ocho años y siendo aún un infante en cuerpo y alma ya sabía yo de este asunto, y no porque nadie me lo hubiera contado, sino porque hay cosas que uno sabe, en las que repara ya a los ocho años. Incluso antes. Son cosas que se ven venir.
Con apenas ocho años yo encontré en el corazón del humor dos semillas que motivaban la creatividad y el talento para hacer el payaso desde que sale el sol hasta que se pone.
La una, de pesadumbre, de desencanto. Por la efeméride de la vida, por lo volátil y escaso del amor, por nuestra insignificancia, por la seguridad de la muerte (el capítulo de la muerte fue especialmente duro), o porque nunca llegaría a ser un buen jugador de fútbol, que es lo que estaba de moda.
La otra, de rebeldía, de espíritu contestatario, de libertad y de vigor. Que no permite el decaimiento, que no gusta de la autocomplacencia -tengo que decir que estas palabras las puse luego, ya que por muy listo que fuera, con tan sólo ocho años no conocía las maravillas de la lengua cervantina, colmada como está de aderezos para el palique-, y que te lanza a la portería con unos guantes a estrenar porque no tienes nada que perder.

Con ocho años encontré en el corazón del humor, y en el mío propio, dos tendencias que se complementaban y que me animaban a tratar de encarar la vida con la perseverancia de saber que sólo el humor, sólo la risa, y sólo esos ratos en que somos felices son los que hacen que valga la pena nuestro paso por este mundo complejo, sucio y repetitivo.

Humor, me dije ya con ocho años, para superar la muerte, la tristeza y el dolor. Humor porque el humor es vida. Y lo que no es vida, es muerte. Y yo a la muerte no la toco ni con un palo. Ni cuando era un infante de tan sólo ocho años, ni ahora.