El niño que cambiaba de tamaño


Érase una vez un niño que gustaba de hacerse grande de vez en cuando para otear con solvencia los horizontes de su mundo de niño y poder mirar desde arriba los campanarios y los nidos de cigüeña. Y se hacía grande y chillaba con fuerza para que todos le oyesen y podía así comer cientos de kilos de riquísima tarta sin cansarse.
Y disfrutaba de la misma manera el niño al hacerse muy pequeño, del tamaño de un ratón, para esconderse cuando no quería que lo vieran porque sabía que se había portado mal… y se ocultaba debajo del sofá para oír con curiosidad las conversaciones de sus padres, o debajo del pupitre cuando había olvidado hacer los deberes.
Había una vez un niño que podía en un momento ser muy grande o muy pequeño, según le conviniese, sin dejar jamás de ser un niño.


Ella quiso un pájaro

Ella quiso un pájaro y me convertí en un gorrión para posarme en la cornisa de su ventana. Después quiso tener un árbol y poco me faltó para ser el sauce de su piscina. Al tiempo se le antojaron un soplo de brisa, una gota de agua sobre su nariz, un puñado de tierra, un libro que le hiciera pensar, una naranja amarga, una palangana para la ropa, un paquete de chinchetas, un ventilador para el verano, un niño, un perro, un gato, un charco sobre el que saltar, un billete de tren, una lechuga romana, una comedia romántica, un tomate, un juego de mesa, un bolígrafo, un pañuelo. Y yo me convertí en todos ellos.

Luego vino a por mí y no supe qué disfraz ponerme.



Siempre hay gente rara en la estación de autobuses

Siempre hay gente rara en la estación de autobuses. Aunque nunca me creí el cuento que dice que los poetas se inspiran en este tipo de lugares públicos o de tránsito, y haciendo constar también por escrito que jamás me las di de poeta, tampoco hay que negar que la gente rara evoca, por definición, historias misteriosas e invita a especular sobre las aventuras que hayan podido vivir. A inventar sus vidas, sus miedos, sus vicios.

Hay una mujer con cara de niña que busca un sitio para poder sentarse... pero no cerca del tipo con gorro de lana que no se ha duchado en diez días. Otro joven parece atender a un rezo islámico online, y entre él y yo se cruzan un grupo de chicas quejándose del frío (son las mismas que en verano se quejan del calor). Una niña que corre, una familia al completo que despide a su hija mayor, un hombre con varias bolsas de Mercadona, una señora que debe estar preocupada por su pensión, o por saber qué prepararle a su nieto el próximo fin de semana que vendrá de visita, y un camarero bastante simpático que bajo sus ojeras oculta, como puede, la convicción íntima de saberse un desgraciado: quería ser futbolista cuando niño, y ahora indica a los viejos que tienen el mando para activar la máquina de tabaco atado a un cordel roñoso pendiente de una columna de azulejos cascados.

En realidad no son gente tan rara, y podría decirse que se trata de gente normal. Personas normales, en definitiva, con sus historias normales, sus problemas normales y sus vidas normales. Una normalidad que me asfixia por su abundancia.

Hoy todo parece tranquilo en la estación. De repente, se abren las puertas y entra de golpe un soplo de aire frío, y con él entras tú, y no sé distinguirte entre lo helado del aire. Se me olvida entonces el escrutinio celoso que hacía de las vidas de la gente, que me dan igual. La mujer con cara de niña deja de tener rostro, el hombre que no se duchaba ha dejado de oler mal, y la señora dubitativa parece haber resuelto sus problemas con la administración.

Entras tú y contigo entra un frío que se me agarra en las rodillas, se me posa en las orejas y en la punta de la nariz. Me invade y se mete dentro de mí, y cuando pasas por delante, sin advertir mi presencia, me ha terminado de calar hasta los huesos. Con lo tranquilo que estaba.

Siempre hay gente rara en la estación de autobuses: una niña que corre, un hombre que sigue un rezo, una señora que se preocupa por su nieto, un camarero que se siente desgraciado. Y hoy también había un tipo helado de frío, ya más adulto que niño, que observaba a los transeúntes especulando sobre sus vidas y escribía en un cuaderno lo que era incapaz de decir.

“Ya nadie escribe en un cuaderno”, decía la gente al pasar, “desde luego siempre hay gente rara en la estación de autobuses”, comentaban en voz baja al verlo.

Luego entraste tú.



Deconstrucción

Iluso como casi siempre, entré al Laberinto queriendo quizás demostrarme algo a mí mismo, y me perdí entre sus enormes paredes. Durante el día apenas alcanzaba a intuir la luz del sol en lo alto del cielo. Lo escudriñé durante un largo tiempo, sin rumbo definido, hasta por fin dar con un enorme jardín que parecía ser su centro, poblado por una alegre y frondosa arboleda, y multitud de flores de colores.

Habiendo contemplado su abundancia, su indescriptible belleza y lo fértil de su seno, me propuse salir aunque me acompañase una sensación agridulce. Por un lado, la seguridad de saberme capaz de marchar sin necesidad de ovillos de hilo ni miguitas de pan. Por el otro, la decepción de no haber podido derrotar al Minotauro. Y la certeza de tener que volver a huir, tarde o temprano, de la sombra heroica de Teseo.

Llegué al angosto pasaje que separaba el Laberinto del mundo exterior y me detuve en el umbral. Me pasé la mano por la frente queriendo secarme el sudor y encontré que me surgían de las sienes dos pequeñas protuberancias. Miré con absoluto desconcierto al horizonte buscando algo que me resultase familiar y no encontré sino un ingente terreno devorado por la ambición humana.

Volví tras mis pasos y comprendí, entre bramidos, que nunca hubo Ariadna, que nunca hubo Teseo. Y que el Minotauro era yo.

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De cuando me regalaron unos guantes de portero

Cuando era yo pequeño era ciertamente ya mayor. Luego continué siendo un niño mucho tiempo, quizás falsamente. Creo que aún lo soy. Pero no fue un camino de rosas: he de lamentar que en la frenada por evitar hacerme mayor me torcí el tobillo un par de veces, lo que me costó sin duda mi carrera futbolística, tan de moda en la época, y me colocó de portero durante quién sabe cuántos años más, forzando a mis padres a comprarme unos guantes de portero… guantes que acepté con cierto recelo, evitando obsesionarme con la parte maldita de aquella manzana: el saber que jamás sería un buen jugador, y que sólo valía para ser portero. Me propuse, al menos, ser un portero correcto, sin florituras.

Pues bien, no conseguí ni una cosa ni la otra. Dediqué los recreos en la portería del patio del Colegio Público Santa Clara, situado en el barrio del mismo nombre, a dejarme llevar por historias inventadas y ensoñaciones, o cuentos que yo mismo trazaba y que hoy lamentablemente ya se me han olvidado. De cuando en cuando, sí que es verdad, regalaba a mis compañeros una gran parada para mantener, al menos, aquel estatus que me habían concedido como portero fijo, (que era lo contrario del por todos envidiado portero-delantero), que si bien de segundo nivel, no me convertía en un paria sin oficio ni beneficio. Había que sobrevivir en aquella jungla. “Era el mercado, amigo.” Hoy pienso, o quiero pensar, que recibí aquellos guantes con ilusión y algo de humor, que en cierta manera emanaba de mis propios padres, que conocían perfectamente la situación. Aunque posiblemente también sea mentira y me lo tomé regular. Llevé mal aquella situación un tiempo hasta que me olvidé de aquello y metí mis carreras como jugador y portero en el baúl de las batallas perdidas.

Hablando precisamente del humor, desde muy pequeño yo ya sabía que existen en el corazón del mismo dos semillas enterradas que extienden silenciosamente sus raíces de orilla a orilla. Y es que con escasos ocho años y siendo aún un infante en cuerpo y alma ya sabía yo de este asunto, y no porque nadie me lo hubiera contado, sino porque hay cosas que uno sabe, en las que repara ya a los ocho años. Incluso antes. Son cosas que se ven venir.
Con apenas ocho años yo encontré en el corazón del humor dos semillas que motivaban la creatividad y el talento para hacer el payaso desde que sale el sol hasta que se pone.
La una, de pesadumbre, de desencanto. Por la efeméride de la vida, por lo volátil y escaso del amor, por nuestra insignificancia, por la seguridad de la muerte (el capítulo de la muerte fue especialmente duro), o porque nunca llegaría a ser un buen jugador de fútbol, que es lo que estaba de moda.
La otra, de rebeldía, de espíritu contestatario, de libertad y de vigor. Que no permite el decaimiento, que no gusta de la autocomplacencia -tengo que decir que estas palabras las puse luego, ya que por muy listo que fuera, con tan sólo ocho años no conocía las maravillas de la lengua cervantina, colmada como está de aderezos para el palique-, y que te lanza a la portería con unos guantes a estrenar porque no tienes nada que perder.

Con ocho años encontré en el corazón del humor, y en el mío propio, dos tendencias que se complementaban y que me animaban a tratar de encarar la vida con la perseverancia de saber que sólo el humor, sólo la risa, y sólo esos ratos en que somos felices son los que hacen que valga la pena nuestro paso por este mundo complejo, sucio y repetitivo.

Humor, me dije ya con ocho años, para superar la muerte, la tristeza y el dolor. Humor porque el humor es vida. Y lo que no es vida, es muerte. Y yo a la muerte no la toco ni con un palo. Ni cuando era un infante de tan sólo ocho años, ni ahora.



La piscina

Cierto día otoñal, quién sabe si era sábado o martes, cuando la hojarasca se encontraba ya plenamente asentada en los parques y terrizos, se acercaron los hermanos Acero al jardín de la parte de atrás de su casa, en una bonita avenida de nueva construcción en ese enorme extrarradio situado al sur de Madrid.

La familia Acero se había mudado tiempo atrás a aquel lugar, cuando aún los padres eran sólo una pareja, casada recientemente, pero con serias aspiraciones familiares. Tres hijos quería tener ella, y tres hijos tuvieron.

Los hermanos Acero, varones los tres, se acercaron aquella jornada de otoño a la zona trasera de aquella casa, pasaron por el porche de madera pintado de blanco y bajaron los cuatro o cinco escalones que llevaban a la zona verde, teñida en este caso de marrón oscuro con numerosas trazas amarillas y rojas que formaban algunas hojas a las que aún daba la luz del sol.

Poco a poco descendieron por los peldaños, sin hacer demasiado ruido, casi en fila india, los pequeños hermanos Acero, jerárquicamente ordenados según altura (y edad) de mayor a menor, en busca de alguna aventura curiosa que les permitiera mancharse pertinentemente o romper sus prendas lo suficiente como para hacer enfadar a su querida madre. Tres hijos quería tener ella, y tres hijos tuvo la pareja. Cada uno más travieso que el anterior.

Cruzaron con parsimonia y aire despreocupado el jardín pisando cuidadosamente sobre la hierba fresca y los frutos puntiagudos que habían caído de los árboles durante la noche. Parecían claramente tener un rumbo fijo, pero al tiempo vacilaban y alteraban su recorrido de manera que ni ellos mismos sabían muy bien dónde acabar aquella excursión. Tampoco tenían prisa, así que se entretuvieron tanto como quisieron jugueteando por el jardín y lanzándose mohosas piedrecillas sin llegar a darse.

El terreno trasero de la casa era inmenso, y aún más para los jovencitos de la familia Acero, que lo veían todo con sus enormes ojos de infante, y desde la altura de cada uno; es decir, lo veían todo más grande.

Al fondo del jardín estaba situada la piscina, vacía después de aquel largo y tórrido estío, quizás con un verde y húmedo poso al fondo, y cuyas paredes azules levemente descascarilladas se fundían con el abismo. Sería que ellos lo veían todo más grande. Ansiosos y dando pequeños brincos, se dirigieron de manera rauda y diligente a la escalerilla de metal para llevar a cabo un descenso en vertical para el que no habían hecho falta demasiados preparativos.

El mayor tomó la iniciativa y los otros dos se apresuraron a seguir sus pasos, aún en orden, antes de que el primero desapareciera del todo de su campo visual. Así, los tres chicos, vestidos de forma similar, bajaban colocando meticulosamente sus pies y manos en las barras horizontales de la escalerilla, intentando no pisarse ni dejarse pisar los unos a los otros, mientras contemplaban mirando hacia arriba cómo su jardín desaparecía y cómo, de repente, aquel cielo iba empequeñeciéndose ante sus ojos mientras cada vez se veían menos y menos hojas en las copas de aquellos grandes y coloridos árboles. La bóveda era cada vez más estrecha, pero continuaron descendiendo.

Tuvieron tiempo, durante la bajada, de darse cuenta de lo efímero de la vida, de cómo los grandes momentos, como aquel, duraban segundos, mientras que la reprimenda de su madre duraría, a buen seguro, varios días. Máxime cuando les habían advertido seriamente de que aquello no lo debían hacer. Estaban haciendo, a sabiendas, algo explícitamente prohibido, aunque eso no había supuesto ningún problema en épocas pasadas para los jovenzuelos de la familia Acero, famosos en la barriada por ser frecuente que acometieran serias travesuras, merecedoras siempre de riñas y castigos de toda índole.

Los hermanos Acero se deslizaban a un ritmo lento pero constante hacia el suelo de la piscina, que ciertamente se encontraba en realidad más lejos de lo que habían ni siquiera llegado a pensar.

Saber tomar precauciones no era una virtud que definiera a ninguno de los tres chicos, por lo que ninguno había pensado bien qué estaban haciendo y, como en veces anteriores, hacían caso a la reciprocidad de sus ánimos para seguir adelante con toda aventura. No necesitaban mecha ni chispa para explotar. Tan sólo estar los tres juntos y dejarse llevar por esa impulsividad enfermiza que les conducía hacia el fondo de una piscina que era bastante profunda.

Ya casi no se alcanzaba a ver el cielo. Llevaban varios minutos de bajada y aún no habían tocado el suelo. Pronto, empezó a cundir el pánico. Nadie articuló palabra. No se atrevían. Es como si hubieran entrado en razón. El miedo y la oscuridad se apoderaron de ellos. El hermano mayor de los tres quiso decir algo. El silencio intenso dejaba escuchar hasta la última gota de saliva con la que intentaba romperlo. Al momento, se escuchó un leve crujir proveniente de uno de los peldaños más bajos de la escalerilla, corroída por el óxido. El leve balanceo de las barras, que parecían sueltas en su parte inferior, hizo temer lo peor. 

El hermano mayor volvió a intentar decir algo. En un instante, se repitió el crujido. Momentos después, la barra quebró y el hermano mayor, que tenía los pies sobre la misma, cayó al vacío, oscuro y silencioso, mientras pedía auxilio a vivas voces en su caída. No se escuchó golpe alguno, pero los gritos dejaron de sonar a los pocos segundos, callados por la distancia. Los otros chicos, temblando, no intentaron acudir en su rescate. La escalera se había roto, y el cielo ya no era más que un punto en lo más alto de aquella escalera. 

Una total oscuridad se cernió sobre los dos hermanos más pequeños de la familia Acero. Pronto, el frío empezó a hacer mella, y ambos estallaron a llorar desconsoladamente mientras permanecían inmóviles pegados a la escalerilla, incapaces de reaccionar, sin fuerzas y calados de humedad hasta los huesos.

Alarmada por la llantina, la madre encendió la luz presta, y sacó a ambos niños del armario, donde se habían quedado dormidos. De la oreja, los puso a los dos sentados sobre la cama y les preguntó al respecto del alboroto. No parecía enfurecida, pero sí extrañada.

–Bueno, ¿y se puede saber dónde está vuestro hermano mayor?- Preguntó.

Todavía con lágrimas en los ojos, envueltos de frío y asombrados, los pequeños se miraron mutuamente con la cara blanca de estupefacción sin saber muy bien cómo cojones explicarle a su madre –que permanecía con una breve sonrisilla esperando una respuesta convincente que zanjara el asunto- que su hermano se había caído segundos antes en una piscina infinita y que, muy probablemente, no lo volverían a ver. Tres hijos quiso tener ella, y según se cuenta, sólo dos le quedaron.



El Pillín de Don Iñaki

La calma reinaba sobre el chalet a las afueras de Barcelona que el señor Don Iñaki y su esposa, Cristina, tenían desde hacía unos años. Qué bonita época. El sol lucía impecable en el cielo. A Don Iñaki lo que en realidad le molestaba era el viento, no se crean, porque azotaba en los barrios de ricos y pobres molestando a todos por igual. A Don Iñaki le encantaba el buen tiempo. El buen tiempo… ¡y los gambones!, se apresuraba a aclarar siempre entre sonoras risas.

El señor Urdangarín dejó a sus vástagos en la puerta del colegio de pago con cierta prisa y, una vez se hubieron apeado para llegar a tiempo al ensayo general de la obra de teatro que estaban preparando, Iñaki dijo al mayor que él se tenía que ir a hacer unos recados. Los chicos entraron y él marchó en el todocamino familiar rumbo a su oficina para triturar algunos documentos antes de que llegara el Lunes.

Con la tarea concluida y sin dejar evidencias de delitos fiscales que pudieran ulteriormente acarrearle problemas con la justicia, ya de camino a casa, inspirado por una melancólica música de piano de Ludovico Einaudi, a quien seguía tras haber visto Amélie con su esposa, y de quien se había bajado cientos de archivos gratuitos MP3, pensaba silenciosamente en lo fugaz de la vida, en las metas que no había conseguido lograr, en que la juventud no regresa, en esos amigos y familiares a los que nunca más volvería a ver, en que el lobo es un lobo para el lobo, y el hombre un lobo para el hombre, en los gambones, en esas maravillosas puestas de sol que se disfrutan Mediterráneo, en que las Baleares no eran más que una reaparición de las cordilleras béticas, donde tantas y tantas veces había esquiado, tras kilómetros bajo el mar. Pensaba en que no tenía miedo a la muerte, y sí a la soledad. Pensaba también en el determinismo social, en la seguridad con que algunos chicos encuentran en su destino la más absoluta desgracia, sin una mano redentora, sin finales felices. Iñaki pensaba en sus sueños, en que no había techos que pudieran pararle.

Era un camino largo.

Recogió en el chalet a su esposa, que lucía un flamante vestido rojo, y ambos se encaminaron hacia el colegio, donde tras el ensayo general de esa misma tarde, sus hijos interpretaban la obra de teatro “El Fantasma de Canterville”.

Ya en el colegio, Don Iñaki tenía la costumbre de no andar demasiado desde el coche hasta el sitio donde tuviera que ir, así que como estaban todos los huecos ocupados, se apresuró a aparcar en el reservado para minusválidos –lo que le costó una disputa con un minusválido de verdad, un tipo molesto, que “parecía enfadado con la vida”, decía Don Iñaki– y salió del coche haciéndose el cojo ante la atónita mirada del resto de padres. La Infanta, abochornada, se tapaba la cara con la mano entre sudores fríos, aguantando lo penetrante de las miradas de los asistentes a la función. La desfachatez de Don Iñaki era palpable en cada acto.

El señor Urdangarín siguió cojeando (de manera manifiestamente falsa y forzada) hasta llegar a la puerta del colegio.

Cristina lo agarró por el brazo y lo introdujo en el interior del edificio. Buscaron unos asientos libres y se sentaron. Antes de comenzar la función, Don Iñaki empezó a echar pestes, criticando a aquel colegio y a mostrar su aburrimiento con comentarios a viva voz que, lejos, de ser jocosos no pasaban de la obscenidad que le era inherente. “El buen tiempo no se puede comprar, Cristina, pero que no falten gambones”, le confesaba a su esposa, cada vez más ruborizada, que no encontraba ya las razones que le hicieron unirse en sagrado matrimonio a tal pelele.

Aburrido en mitad de la obra, cuando ya sus hijos hubieron hecho su breve contribución a la misma, se levantó de su butaca y dijo a su esposa que iba a a curiosear un poco por la zona.
Se introdujo entre bastidores y llegó sin quererlo al escenario, que en ese momento se encontraba con el telón cerrado en un cambio de escenas.

Encontró en mitad del decorado una enorme cesta con caramelos de propaganda recogidos en la Cabalgata de Reyes que formaban parte del guión de la actuación: los niños tenían que tirarlos al público al final de la obra. Don Iñaki, sin advertir la situación, quiso coger un par de ellos y cuando se dio cuenta tenía sus varios bolsillos repletos de docenas de caramelos.

Finalmente, se abrió el telón y apareció Urdangarín llenándose los bolsillos de caramelos de propaganda.

Y aún no se sabe cómo se llama la película.

Mandarinas

Nos pusimos al sol y nuestra piel se volvió brillante y porosa como la de las mandarinas. Tenía tanto calor que al verte quise comerte buscando con ello paliar como fuera el sopor y refrescarme un poco. Lamentablemente te diste cuenta, quizá porque se me vio el plumero. Al final... Bueno, al final me comiste tú a mí.

¡Ay! Echo tanto de menos el día que fuimos como mandarinas que ahora me dedico a abrir los sacos buscándote entre las otras y no te encuentro. Las mandarinas acaban esparcidas por el suelo y finalmente desisto y entristezco.

De repente me doy cuenta del estropicio que he armado y empiezo a llorar porque ya no te tengo y porque no acabo de reconocerte entre las demás. Entonces, en silencio, tú llegas por detrás y me tapas los ojos y me susurras al oído. Que me sigues queriendo, dices, aunque me haya vuelto loco por ti. Me secas las lágrimas con tus dedos, me abrazas fuerte y me das un beso en la frente. Lo necesitaba tanto.

Solamente entonces me quedo tranquilo, y comienzo a acordarme de inmediato del día que nos pusimos al sol y nuestra piel se volvió brillante y porosa como la de las mandarinas. De cuando traté de comerte pero se me vio el plumero. De cuando al final me comiste tú a mí.