Deconstrucción

Iluso como casi siempre, entré al Laberinto queriendo quizás demostrarme algo a mí mismo, y me perdí entre sus enormes paredes. Durante el día apenas alcanzaba a intuir la luz del sol en lo alto del cielo. Lo escudriñé durante un largo tiempo, sin rumbo definido, hasta por fin dar con un enorme jardín que parecía ser su centro, poblado por una alegre y frondosa arboleda, y multitud de flores de colores.

Habiendo contemplado su abundancia, su indescriptible belleza y lo fértil de su seno, me propuse salir aunque me acompañase una sensación agridulce. Por un lado, la seguridad de saberme capaz de marchar sin necesidad de ovillos de hilo ni miguitas de pan. Por el otro, la decepción de no haber podido derrotar al Minotauro. Y la certeza de tener que volver a huir, tarde o temprano, de la sombra heroica de Teseo.

Llegué al angosto pasaje que separaba el Laberinto del mundo exterior y me detuve en el umbral. Me pasé la mano por la frente queriendo secarme el sudor y encontré que me surgían de las sienes dos pequeñas protuberancias. Miré con absoluto desconcierto al horizonte buscando algo que me resultase familiar y no encontré sino un ingente terreno devorado por la ambición humana.

Volví tras mis pasos y comprendí, entre bramidos, que nunca hubo Ariadna, que nunca hubo Teseo. Y que el Minotauro era yo.

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Ella quiso un pájaro

Ella quiso un pájaro y me convertí en un gorrión para posarme en la cornisa de su ventana. Después quiso tener un árbol y poco me faltó para ser el sauce de su piscina. Al tiempo se le antojaron un soplo de brisa, una gota de agua sobre su nariz, un puñado de tierra, un libro que le hiciera pensar, una naranja amarga, una palangana para la ropa, un paquete de chinchetas, un ventilador para el verano, un niño, un perro, un gato, un charco sobre el que saltar, un billete de tren, una lechuga romana, una comedia romántica, un tomate, un juego de mesa, un bolígrafo, un pañuelo. Y yo me convertí en todos ellos.

Luego vino a por mí y no supe qué disfraz ponerme.



El niño que cambiaba de tamaño



Érase una vez un niño que gustaba de hacerse grande de vez en cuando para otear con solvencia los horizontes de su mundo de niño y poder mirar desde arriba los campanarios y los nidos de cigüeña. Y se hacía grande y chillaba con fuerza para que todos le oyesen y podía así comer cientos de kilos de riquísima tarta sin cansarse.

Y disfrutaba de la misma manera el niño al hacerse muy pequeño, del tamaño de un ratón, para esconderse cuando no quería que lo vieran porque sabía que se había portado mal… y se ocultaba debajo del sofá para oír con curiosidad las conversaciones de sus padres, o debajo del pupitre cuando había olvidado hacer los deberes.

Había una vez un niño que podía en un momento ser muy grande o muy pequeño, según le conviniese, sin dejar jamás de ser un niño.


Siempre hay gente rara en la estación de autobuses

Siempre hay gente rara en la estación de autobuses. Aunque nunca me creí el cuento que dice que los poetas se inspiran en este tipo de lugares públicos o de tránsito, y haciendo constar también por escrito que jamás me las di de poeta, tampoco hay que negar que la gente rara evoca, por definición, historias misteriosas e invita a especular sobre las aventuras que hayan podido vivir. A inventar sus vidas, sus miedos, sus vicios.

Hay una mujer con cara de niña que busca un sitio para poder sentarse... pero no cerca del tipo con gorro de lana que no se ha duchado en diez días. Otro joven parece atender a un rezo islámico online, y entre él y yo se cruzan un grupo de chicas quejándose del frío (son las mismas que en verano se quejan del calor). Una niña que corre, una familia al completo que despide a su hija mayor, un hombre con varias bolsas de Mercadona, una señora que debe estar preocupada por su pensión, o por saber qué prepararle a su nieto el próximo fin de semana que vendrá de visita, y un camarero bastante simpático que bajo sus ojeras oculta, como puede, la convicción íntima de saberse un desgraciado: quería ser futbolista cuando niño, y ahora indica a los viejos que tienen el mando para activar la máquina de tabaco atado a un cordel roñoso pendiente de una columna de azulejos cascados.

En realidad no son gente tan rara, y podría decirse que se trata de gente normal. Personas normales, en definitiva, con sus historias normales, sus problemas normales y sus vidas normales. Una normalidad que me asfixia por su abundancia.

Hoy todo parece tranquilo en la estación. De repente, se abren las puertas y entra de golpe un soplo de aire frío, y con él entras tú, y no sé distinguirte entre lo helado del aire. Se me olvida entonces el escrutinio celoso que hacía de las vidas de la gente, que me dan igual. La mujer con cara de niña deja de tener rostro, el hombre que no se duchaba ha dejado de oler mal, y la señora dubitativa parece haber resuelto sus problemas con la administración.

Entras tú y contigo entra un frío que se me agarra en las rodillas, se me posa en las orejas y en la punta de la nariz. Me invade y se mete dentro de mí, y cuando pasas por delante, sin advertir mi presencia, me ha terminado de calar hasta los huesos. Con lo tranquilo que estaba.

Siempre hay gente rara en la estación de autobuses: una niña que corre, un hombre que sigue un rezo, una señora que se preocupa por su nieto, un camarero que se siente desgraciado. Y hoy también había un tipo helado de frío, ya más adulto que niño, que observaba a los transeúntes especulando sobre sus vidas y escribía en un cuaderno lo que era incapaz de decir.

“Ya nadie escribe en un cuaderno”, decía la gente al pasar, “desde luego siempre hay gente rara en la estación de autobuses”, comentaban en voz baja al verlo.

Luego entraste tú.



El gato mirando al cielo estrellado

Una vez cuando era yo más pequeño, quizás a la edad de diez años, o puede que a otra edad —pues no he sido nunca diestro en el arte de calcular edades—, me mandaron en clase de plástica que pintase, como todos los demás niños, una composición utilizando figuras geométricas para luego colorearlas con rotuladores. Los pormenores técnicos son lo de menos, en realidad, pues fuera cual fuera la técnica que hubiésemos de emplear, yo me encargaba personalmente de buscar en ella las posibilidades para llegar a resultados sencillamente catastróficos. Independientemente de los materiales, del tiempo de que dispusiese, o de las circunstancias que me rodeasen, yo acababa por convertir aquellas tareas, pues no dejaban de ser tareas, en auténticos despropósitos.

Esto fue frustrante, en realidad, durante algún tiempo, debo decir, pero con los años comprendí que había cosas para las que uno, simple y llanamente, no había nacido. En cierta ocasión, como venía contando, tuvimos que pintar una lámina con figuras geométricas para luego colorearlas. A pesar del esmero con que acometí la empresa, ni las figuras ni el posterior tratamiento de color fueron del gusto del profesor, que evidentemente me suspendió, quizás para no desmotivarme del todo, con un 4. Acepté la calificación sin refunfuñar demasiado, siendo como soy yo de refunfuñar bastante, y confiando en que las musas vinieran a visitarme en oportunidades venideras. En fin, que me disponía entonces a retirarme y fue entonces, justo antes de levantarme de la mesa, cuando el profesor me preguntó que qué había escrito en la esquina, pues aún siendo como era una composición dura, abstracta y de difícil digestión, había intuido una pequeña frase en uno de los bordes de la misma.

"El gato mirando al cielo estrellado", le contesté. "Le he puesto título", le dije, "porque esto parece un gato... Y el resto, bueno: el resto son como estrellas". El profesor levantó la vista de la hoja y cuando esperaba que terminase por hundirme del todo, me dijo seriamente, "me gusta el título: tienes un cinco". Yo me levanté y me fui a mi asiento sonriente y me senté al pupitre con dos certezas, la primera, que nunca dibujaría bien porque, bueno, simple y llanamente no había nacido para ello. La segunda, que a veces tenía la suerte de ver gatos y estrellas donde otros veían solo mierda.

Y hasta hoy.





Cuento: Dentista y Letizia

En la sala de espera del dentista, inspirado por una marea de jugosas revistas del corazón y un hilo musical de Kiss FM, jugueteo simpáticamente con la idea de que la princesa Letizia se haya deshinchado por culpa de unas flatulencias que esconde, asustada, en breves y solitarios paseos por la residencia de verano de la Familia Real.

Hay más personas en el cuarto, así que no me extralimito y simplemente esbozo una sonrisa imaginando una escena en la que la princesa mira hacia los lados con esa cara que sólo la gente con ojos saltones sabe poner. Ligeramente preocupada por el qué dirán, aunque sin que se note demasiado, vaga aquí y allá por las esquinas del chalet dando salida a esos gasecillos.

“En peores plazas hemos toreado”, piensa ella, tirando de refranero. Es cuidadosa. En palacio las cosas son diferentes (hay más eco). Nada para toda una princesa. Sólo el chófer asignado sabe del problema. Aguanta como un campeón en los desplazamientos pero no dice nada. Cruzan sus miradas por el retrovisor y ambos saben lo que pasa. Acelera, presa de la torpe convicción de que con el ruido evitará el olor. Error. Fin. 

Por un momento, se me olvida que estoy en el dentista. Se me hace muy corta la excursión al otro mundo. 

Lo recuerdo cuando salgo del patio interior de mi cabeza y me encuentro con que la mujer sentada enfrente me observa fijamente la zona bucal. Juzga (creo que sin miedo a ser vista) el estado de mi salud dental. No oculta sus intenciones como Letizia en palacio. Ella ha venido a traer a su hijo: sabe que está exenta de valoraciones. El niño, en cambio, mueve sus piernas sin tocar el suelo, no me observa, espera impaciente a salir por la puerta de ese universo absurdo de adultos callados que no entiende.

Nada de esto hubiera pasado si yo no hubiera fantaseado con Letizia y sus ventosidades para acabar riéndome en soledad revolcado en esta locura tan amarilla. Quiero volver al tema de su Alteza, pero no puedo si la mujer de enfrente sigue actuando como el detective que empiezo a sospechar que es. 

Invito con un gesto a la señora a coger también una revista para que haga de maruja con las cosas que importan de verdad en esta vida. Y así, de paso, probar a mandarle telepáticamente algunas directrices para ver si es capaz de sacar en claro, con sus propios métodos, la misma conclusión que yo respecto a la princesa cuando vea sus fotos en la revista… en las que sale, como digo, totalmente deshinchada por culpa de unos insoportables y anónimos vientos que traen locos a los veraneantes que viven en zonas contiguas.

La madre rehúsa mi proposición al instante con otro gesto. No quiere revista. El gesto ha sido un poco raro, como despectivo. Percibo algo extraño en la mujer. El niño también nota algo en el ambiente, algún tipo de impulso electromagnético… los niños lo aprecian todo. Levanta la cabeza, observa a su madre, pasa a imitarla y me mira también a mí. 

Genial. De repente tengo a dos personas mirándome y a Letizia llenándome el cerebro de metano. Incluso un tercer individuo de edad, peso y estatura desconocidos que, por lo visto, estaba en la sala desde el principio, se gira para ver lo que pasa al advertir unos impulsos electromagnéticos en el aire que habían sido enviados por el niño (a chorros y en absoluto secreto). 

Empiezo a ponerme nervioso. La madre dice algo al crío y éste saca unas llaves del bolsillo: son de un Mercedes, parecen auténticas, ningún juguete. ¿El niño? ¿Conduciendo un Mercedes? Aquí hay algo raro.

Me rasco el cuero cabelludo lentamente sin dar demasiado crédito a lo que veo. El chiquillo se levanta de su silla y se dirige a la puerta. El tipo desconocido que también estaba en la sala de espera se quita un bigote de pega y resulta ser la princesa Letizia disfrazada de hombre desconocido con gabardina y bigote de pega. Empiezo a entender el pestilente aroma que se había adueñado de la sala momentos antes. Me quedo a cuadros, paralizado en una mueca atónita, aunque reacciono al segundo. 

“Qué burdo disfraz”, pienso, sin pronunciar palabra, pero dejándolo entrever con unos aires de superioridad que podemos poner todos, no sólo la gente de ojos saltones (no todo pueden ser privilegios para el mismo colectivo), “aunque cómo ha colado”. 

Deduzco sin dudas que el niño es el chófer, el mismo que sabe lo de las flatulencias. Ahora todos me miran con cara de complicidad, comprenden que también yo sé el secreto. Incluso la madre. 

La asistente del dentista entra en la salita y llama a Letizia para pasar a la consulta, ella se quita la gabardina y debajo no hay nada. No me resulta sensual porque ciertamente no hay absolutamente nada. Se ha ido deshinchando hasta no quedar nada. Era todo cierto. 

El niño que al final era el chófer sale detrás de Letizia. La madre se levanta y se coloca el bigote postizo que había dejado Letizia sobre las revistas, y también su gabardina. Es definitivamente un detective. Me han engañado desde el principio. Sale de la salita guiñándome el ojo de esa forma que sólo los detectives saben, y me quedo sólo. 

Olvido el suceso. No puedo procesarlo.

Miro al techo y sólo veo gotelé y una lámpara con aspiraciones estéticas incumplidas, me aburro, no creo que vaya a pasar algo más interesante, bajo la mirada y la madre y el niño vuelven a estar en la sala. Creo que me he inventado todo lo anterior.

La señora hojea una revista en la que aparece Letizia en portada. Se está deshinchando. El niño no parece tener ninguna llave. Me quedo tranquilo, ¿habré soñado? Espero mi turno escuchando Kiss FM.

La madre, que divaga por el universo de adultos callados que se distraen con la carnaza de otros, esboza una sonrisa. Sabe que la princesa se deshincha por momentos debido a unas flatulencias. Le miro la boca juzgándole los piños. No me he vuelto loco. Me relajo y llega mi turno.

“¡Lucas!”, escucho desde el pasillo. Me llaman. Me despido de la señora ahora que ya sé que no es ningún detective. El niño sigue liado enviando impulsos electromagnéticos en absoluto secreto.

Salgo del cuarto esbozando una sonrisa. La asistente me mira los dientes. 

“Mierda”, pronuncio sorprendido en voz alta. 

Es Letizia. Bastante deshinchada.

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Mi último encuentro con Ernesto

La última vez que hablé con Ernesto, unos chicos a nuestro costado que no llegaban seguramente a la mayoría de edad sentían la hormonal necesidad de gritar cada uno más fuerte que el otro. Niños pequeños y perros grandes se daban cita, como cada tarde, en el Parque Eva Perón de Madrid.

Yo pasaba por allí de semana en semana camino al supermercado. En una de estas ocasiones conocí a Ernesto, al que confesé que había caminos más cortos para ir al supermercado, e incluso que algunos días no tenía ni siquiera que ir, y que sólo iba para ver a los perros. “Yo hago lo mismo”, murmuró entre risas. Nos dimos la mano y comenzamos así una extraña amistad, la de dos voyeur que pasan por el parque para ver a los perros. 

Nunca nos intercambiamos los teléfonos y, en realidad, no acordamos vernos de nuevo, pero coincidimos, al menos, una docena de veces en el mismo lugar. Ernesto y yo hablamos sobre música de gente que ya se ha muerto, de mi delirante debilidad por los paréntesis y de la puta fruta escarchada del roscón de reyes. Sólo interrumpíamos la conversación al llegar algún can que buscase desesperadamente una buena tanda de caricias. En la cabeza y en el lomo, Ernesto y yo recibíamos a los perros con toqueteos llenos de jolgorio para luego dejarlos marchar. Le conté que había leído en un artículo que las personas y los perros segregaban no se qué hormonas al verse y jugar juntos. Ernesto era más exacto que yo, y no se atrevió a darme ninguna opinión al respecto. En eso nos complementábamos muy bien, ya que yo soy muy de dar mi opinión, especialmente de los temas de los que no tengo ni puñetera idea, y cuando nadie me ha preguntado.

No obstante, como Ernesto era de Madrid, sobre todo hablábamos de cosas de Madrid. Ya se sabe cómo es la gente de Madrid. Que si esto, que si lo otro... al final acabamos hablando de chaflanes. Le dije a Ernesto que los chaflanes fueron lo que más me impresionó cuando llegué a Madrid. La cantidad de ellos que había. La variedad de sus formas, tamaños y colores. Él decía que multiplicaban por dos la posibilidad de encontrarte a alguien a quien no querías ver tras la esquina, porque cada esquina tenía ahora dos esquinas. Yo, que apenas tenía amistades ni enemistades en la capital, me alegraba por tener una doble oportunidad de encontrar sitios mágicos al superar cada cruce.

La última vez que vi a Ernesto había, como venía diciendo, unos adolescentes que gritaban y realizaban el último reto viral de Instagram, jugándose unos tazos, o el equivalente contemporáneo de los tazos: la mierda que se jueguen hoy los críos. Posiblemente algo sexual. Aunque quizás eso es sencillamente lo que nos dice la tele que hacen los chavales. Ernesto me reconoció entonces que sufría una extraña enfermedad. A pesar de su tono apesadumbrado, su bigote blanco parecía más frondoso y brillante que nunca en aquella ocasión. Nos despedimos y le di la mano, sin yo saberlo, por vez última.

Sin pasar por alto su ausencia, pasaron unas semanas prudenciales hasta que pregunté a otro chico con aires de barbudo castrista, con quien también solía hablar Ernesto, si sabía algo sobre él. “Ah, sí, el señor del bigote falleció hace un par de semanas”, me comentó el chico, “Era mi vecino. ¿Ernesto dices que se llamaba?”.

Continué hablando con el chico, que no llegaba a la treintena, evitando el tema de nuestro común amigo fallecido. No era de Madrid, pero aún así acabamos hablando de chaflanes, mi tema favorito. Él me dijo que le llamaban tremendamente la atención. Por la cantidad de ellos que había, y por sus variadas formas y colores. Yo le aseguré que había el doble de posibilidades de encontrarse con alguien a quien no querías ver tras la esquina porque, claro, los chaflanes tienen dos esquinas. Él me contestó que tampoco tenía tantos conocidos en Madrid, y que así tenía más oportunidades para seguir descubriendo nuevos rincones de la ciudad: el doble, concretamente.

No nos intercambiamos los números de teléfono pero nos volvimos a ver varias veces más en el parque y saludábamos en plan voyeur a los perros que venían a vernos. La última de ellas me felicitó por mi nuevo bigote. “Está resplandeciente”, me dijo.

Yo acabé confesándole que sufría una rara enfermedad.





La piscina

Cierto día otoñal, quién sabe si era sábado o martes, cuando la hojarasca se encontraba ya plenamente asentada en los parques y terrizos, se acercaron los hermanos Acero al jardín de la parte de atrás de su casa, en una bonita avenida de nueva construcción en ese enorme extrarradio situado al sur de Madrid.

La familia Acero se había mudado tiempo atrás a aquel lugar, cuando aún los padres eran sólo una pareja, casada recientemente, pero con serias aspiraciones familiares. Tres hijos quería tener ella, y tres hijos tuvieron.

Los hermanos Acero, varones los tres, se acercaron aquella jornada de otoño a la zona trasera de aquella casa, pasaron por el porche de madera pintado de blanco y bajaron los cuatro o cinco escalones que llevaban a la zona verde, teñida en este caso de marrón oscuro con numerosas trazas amarillas y rojas que formaban algunas hojas a las que aún daba la luz del sol.

Poco a poco descendieron por los peldaños, sin hacer demasiado ruido, casi en fila india, los pequeños hermanos Acero, jerárquicamente ordenados según altura (y edad) de mayor a menor, en busca de alguna aventura curiosa que les permitiera mancharse pertinentemente o romper sus prendas lo suficiente como para hacer enfadar a su querida madre. Tres hijos quería tener ella, y tres hijos tuvo la pareja. Cada uno más travieso que el anterior.

Cruzaron con parsimonia y aire despreocupado el jardín pisando cuidadosamente sobre la hierba fresca y los frutos puntiagudos que habían caído de los árboles durante la noche. Parecían claramente tener un rumbo fijo, pero al tiempo vacilaban y alteraban su recorrido de manera que ni ellos mismos sabían muy bien dónde acabar aquella excursión. Tampoco tenían prisa, así que se entretuvieron tanto como quisieron jugueteando por el jardín y lanzándose mohosas piedrecillas sin llegar a darse.

El terreno trasero de la casa era inmenso, y aún más para los jovencitos de la familia Acero, que lo veían todo con sus enormes ojos de infante, y desde la altura de cada uno; es decir, lo veían todo más grande.

Al fondo del jardín estaba situada la piscina, vacía después de aquel largo y tórrido estío, quizás con un verde y húmedo poso al fondo, y cuyas paredes azules levemente descascarilladas se fundían con el abismo. Sería que ellos lo veían todo más grande. Ansiosos y dando pequeños brincos, se dirigieron de manera rauda y diligente a la escalerilla de metal para llevar a cabo un descenso en vertical para el que no habían hecho falta demasiados preparativos.

El mayor tomó la iniciativa y los otros dos se apresuraron a seguir sus pasos, aún en orden, antes de que el primero desapareciera del todo de su campo visual. Así, los tres chicos, vestidos de forma similar, bajaban colocando meticulosamente sus pies y manos en las barras horizontales de la escalerilla, intentando no pisarse ni dejarse pisar los unos a los otros, mientras contemplaban mirando hacia arriba cómo su jardín desaparecía y cómo, de repente, aquel cielo iba empequeñeciéndose ante sus ojos mientras cada vez se veían menos y menos hojas en las copas de aquellos grandes y coloridos árboles. La bóveda era cada vez más estrecha, pero continuaron descendiendo.

Tuvieron tiempo, durante la bajada, de darse cuenta de lo efímero de la vida, de cómo los grandes momentos, como aquel, duraban segundos, mientras que la reprimenda de su madre duraría, a buen seguro, varios días. Máxime cuando les habían advertido seriamente de que aquello no lo debían hacer. Estaban haciendo, a sabiendas, algo explícitamente prohibido, aunque eso no había supuesto ningún problema en épocas pasadas para los jovenzuelos de la familia Acero, famosos en la barriada por ser frecuente que acometieran serias travesuras, merecedoras siempre de riñas y castigos de toda índole.

Los hermanos Acero se deslizaban a un ritmo lento pero constante hacia el suelo de la piscina, que ciertamente se encontraba en realidad más lejos de lo que habían ni siquiera llegado a pensar.

Saber tomar precauciones no era una virtud que definiera a ninguno de los tres chicos, por lo que ninguno había pensado bien qué estaban haciendo y, como en veces anteriores, hacían caso a la reciprocidad de sus ánimos para seguir adelante con toda aventura. No necesitaban mecha ni chispa para explotar. Tan sólo estar los tres juntos y dejarse llevar por esa impulsividad enfermiza que les conducía hacia el fondo de una piscina que era bastante profunda.

Ya casi no se alcanzaba a ver el cielo. Llevaban varios minutos de bajada y aún no habían tocado el suelo. Pronto, empezó a cundir el pánico. Nadie articuló palabra. No se atrevían. Es como si hubieran entrado en razón. El miedo y la oscuridad se apoderaron de ellos. El hermano mayor de los tres quiso decir algo. El silencio intenso dejaba escuchar hasta la última gota de saliva con la que intentaba romperlo. Al momento, se escuchó un leve crujir proveniente de uno de los peldaños más bajos de la escalerilla, corroída por el óxido. El leve balanceo de las barras, que parecían sueltas en su parte inferior, hizo temer lo peor. 

El hermano mayor volvió a intentar decir algo. En un instante, se repitió el crujido. Momentos después, la barra quebró y el hermano mayor, que tenía los pies sobre la misma, cayó al vacío, oscuro y silencioso, mientras pedía auxilio a vivas voces en su caída. No se escuchó golpe alguno, pero los gritos dejaron de sonar a los pocos segundos, callados por la distancia. Los otros chicos, temblando, no intentaron acudir en su rescate. La escalera se había roto, y el cielo ya no era más que un punto en lo más alto de aquella escalera. 

Una total oscuridad se cernió sobre los dos hermanos más pequeños de la familia Acero. Pronto, el frío empezó a hacer mella, y ambos estallaron a llorar desconsoladamente mientras permanecían inmóviles pegados a la escalerilla, incapaces de reaccionar, sin fuerzas y calados de humedad hasta los huesos.

Alarmada por la llantina, la madre encendió la luz presta, y sacó a ambos niños del armario, donde se habían quedado dormidos. De la oreja, los puso a los dos sentados sobre la cama y les preguntó al respecto del alboroto. No parecía enfurecida, pero sí extrañada.

–Bueno, ¿y se puede saber dónde está vuestro hermano mayor?- Preguntó.

Todavía con lágrimas en los ojos, envueltos de frío y asombrados, los pequeños se miraron mutuamente con la cara blanca de estupefacción sin saber muy bien cómo cojones explicarle a su madre –que permanecía con una breve sonrisilla esperando una respuesta convincente que zanjara el asunto- que su hermano se había caído segundos antes en una piscina infinita y que, muy probablemente, no lo volverían a ver. Tres hijos quiso tener ella, y según se cuenta, sólo dos le quedaron.