El donut de Stalin

"Bajo el liderazgo del gran Stalin - ¡Adelante al Comunismo!" rezaba el cartel del que me obsesioné hace algún tiempo. Mucho antes, durante los años noventa, echaban en la tele una serie de anuncios de una conocida marca de berlinas glaseadas en los que a los protagonistas les caía un bizcocho del cielo tan sólo con levantar el dedo índice.

El verano pasado estas dos ideas aparentemente infecundas decidieron unirse en matrimonio, o quizás no debe llamársele matrimonio, y yo, que soy al fin un esclavo de la necedad (y muy gracioso), le coloqué a Stalin un donut en el dedo. La cosa en principio no daba mucho más de sí.

Luego me fijé en que de una manera totalmente incomprensible y puede que mágica, algunos de los granjeros y obreros georgianos, rusos o soviéticos en general que antes miraban al dictador ahora seguían con la mirada al dulce bollo, y que la devoción y ciega fe de sus expresiones se habían convertido en una emoción mucho más fuerte, el hambre.

De repente, la imagen original pasó de ser propagandística a ser cómica y, al momento, a convertirse en un laberinto de dobles sentidos en el que ni yo mismo sabía muy bien qué significaba qué. Y además me entró hambre.

Después me quedé pensando, ya que era verano y no tenía nada más importante que hacer, o puede que procrastinando el poner algo de orden en mi vida, y por rizar un poco más el sinsentido, en que puede que la propaganda comunista fracasara en lo que el capitalismo acertó: en recurrir a esas deliciosas e irresistibles berlinas glaseadas siempre tiernas y elaboradas cada día.

El dictador confió demasiado en su carisma y en su frondoso bigote, y acabó siendo un genocida. No supo entender que eso nunca termina de funcionar. La propaganda comunista se había dedicado a convencer, mientras que el capitalismo trataba de seducir. Y puede que no a todo el mundo le gusten los genocidios, puede que no a todos le gusten los bigotes, pero a todo el mundo le gustan los donuts.



Deconstrucción

Iluso como casi siempre, entré al Laberinto queriendo quizás demostrarme algo a mí mismo, y me perdí entre sus enormes paredes. Durante el día apenas alcanzaba a intuir la luz del sol en lo alto del cielo. Lo escudriñé durante un largo tiempo, sin rumbo definido, hasta por fin dar con un enorme jardín que parecía ser su centro, poblado por una alegre y frondosa arboleda, y multitud de flores de colores.

Habiendo contemplado su abundancia, su indescriptible belleza y lo fértil de su seno, me propuse salir aunque me acompañase una sensación agridulce. Por un lado, la seguridad de saberme capaz de marchar sin necesidad de ovillos de hilo ni miguitas de pan. Por el otro, la decepción de no haber podido derrotar al Minotauro. Y la certeza de tener que volver a huir, tarde o temprano, de la sombra heroica de Teseo.

Llegué al angosto pasaje que separaba el Laberinto del mundo exterior y me detuve en el umbral. Me pasé la mano por la frente queriendo secarme el sudor y encontré que me surgían de las sienes dos pequeñas protuberancias. Miré con cierto desconcierto al horizonte buscando algo que me resultase familiar y no encontré sino un ingente terreno devorado por la ambición humana.

Volví tras mis pasos y comprendí, entre bramidos, que nunca hubo Ariadna, que nunca hubo Teseo. Y que el Minotauro era yo.



El niño que cambiaba de tamaño

Érase una vez un niño que gustaba de hacerse grande de vez en cuando para otear con solvencia los horizontes de su mundo de niño y poder mirar desde arriba los campanarios y los nidos de cigüeña. Y se hacía grande y chillaba con fuerza para que todos le oyesen y podía así comer cientos de kilos de riquísima tarta sin cansarse.


Y disfrutaba de la misma manera el niño al hacerse muy pequeño, del tamaño de un ratón, para esconderse cuando no quería que lo vieran porque sabía que se había portado mal… y se ocultaba debajo del sofá para oír con curiosidad las conversaciones de sus padres, o debajo del pupitre cuando había olvidado hacer los deberes.


Había una vez un niño que podía en un momento ser muy grande o muy pequeño, según le conviniese, sin dejar jamás de ser un niño.






La piscina

Cierto día otoñal, quién sabe si era sábado o martes, cuando la hojarasca se encontraba ya plenamente asentada en los parques y terrizos, se acercaron los hermanos Acero al jardín de la parte de atrás de su casa, en una bonita avenida de nueva construcción en ese enorme extrarradio situado al sur de Madrid.

La familia Acero se había mudado tiempo atrás a aquel lugar, cuando aún los padres eran sólo una pareja, casada recientemente, pero con serias aspiraciones familiares. Tres hijos quería tener ella, y tres hijos tuvieron.

Los hermanos Acero, varones los tres, se acercaron aquella jornada de otoño a la zona trasera de aquella casa, pasaron por el porche de madera pintado de blanco y bajaron los cuatro o cinco escalones que llevaban a la zona verde, teñida en este caso de marrón oscuro con numerosas trazas amarillas y rojas que formaban algunas hojas a las que aún daba la luz del sol.

Poco a poco descendieron por los peldaños, sin hacer demasiado ruido, casi en fila india, los pequeños hermanos Acero, jerárquicamente ordenados según altura (y edad) de mayor a menor, en busca de alguna aventura curiosa que les permitiera mancharse pertinentemente o romper sus prendas lo suficiente como para hacer enfadar a su querida madre. Tres hijos quería tener ella, y tres hijos tuvo la pareja. Cada uno más travieso que el anterior.

Cruzaron con parsimonia y aire despreocupado el jardín pisando cuidadosamente sobre la hierba fresca y los frutos puntiagudos que habían caído de los árboles durante la noche. Parecían claramente tener un rumbo fijo, pero al tiempo vacilaban y alteraban su recorrido de manera que ni ellos mismos sabían muy bien dónde acabar aquella excursión. Tampoco tenían prisa, así que se entretuvieron tanto como quisieron jugueteando por el jardín y lanzándose mohosas piedrecillas sin llegar a darse.

El terreno trasero de la casa era inmenso, y aún más para los jovencitos de la familia Acero, que lo veían todo con sus enormes ojos de infante, y desde la altura de cada uno; es decir, lo veían todo más grande.

Al fondo del jardín estaba situada la piscina, vacía después de aquel largo y tórrido estío, quizás con un verde y húmedo poso al fondo, y cuyas paredes azules levemente descascarilladas se fundían con el abismo. Sería que ellos lo veían todo más grande. Ansiosos y dando pequeños brincos, se dirigieron de manera rauda y diligente a la escalerilla de metal para llevar a cabo un descenso en vertical para el que no habían hecho falta demasiados preparativos.

El mayor tomó la iniciativa y los otros dos se apresuraron a seguir sus pasos, aún en orden, antes de que el primero desapareciera del todo de su campo visual. Así, los tres chicos, vestidos de forma similar, bajaban colocando meticulosamente sus pies y manos en las barras horizontales de la escalerilla, intentando no pisarse ni dejarse pisar los unos a los otros, mientras contemplaban mirando hacia arriba cómo su jardín desaparecía y cómo, de repente, aquel cielo iba empequeñeciéndose ante sus ojos mientras cada vez se veían menos y menos hojas en las copas de aquellos grandes y coloridos árboles. La bóveda era cada vez más estrecha, pero continuaron descendiendo.

Tuvieron tiempo, durante la bajada, de darse cuenta de lo efímero de la vida, de cómo los grandes momentos, como aquel, duraban segundos, mientras que la reprimenda de su madre duraría, a buen seguro, varios días. Máxime cuando les habían advertido seriamente de que aquello no lo debían hacer. Estaban haciendo, a sabiendas, algo explícitamente prohibido, aunque eso no había supuesto ningún problema en épocas pasadas para los jovenzuelos de la familia Acero, famosos en la barriada por ser frecuente que acometieran serias travesuras, merecedoras siempre de riñas y castigos de toda índole.

Los hermanos Acero se deslizaban a un ritmo lento pero constante hacia el suelo de la piscina, que ciertamente se encontraba en realidad más lejos de lo que habían ni siquiera llegado a pensar.

Saber tomar precauciones no era una virtud que definiera a ninguno de los tres chicos, por lo que ninguno había pensado bien qué estaban haciendo y, como en veces anteriores, hacían caso a la reciprocidad de sus ánimos para seguir adelante con toda aventura. No necesitaban mecha ni chispa para explotar. Tan sólo estar los tres juntos y dejarse llevar por esa impulsividad enfermiza que les conducía hacia el fondo de una piscina que era bastante profunda.

Ya casi no se alcanzaba a ver el cielo. Llevaban varios minutos de bajada y aún no habían tocado el suelo. Pronto, empezó a cundir el pánico. Nadie articuló palabra. No se atrevían. Es como si hubieran entrado en razón. El miedo y la oscuridad se apoderaron de ellos. El hermano mayor de los tres quiso decir algo. El silencio intenso dejaba escuchar hasta la última gota de saliva con la que intentaba romperlo. Al momento, se escuchó un leve crujir proveniente de uno de los peldaños más bajos de la escalerilla, corroída por el óxido. El leve balanceo de las barras, que parecían sueltas en su parte inferior, hizo temer lo peor. 

El hermano mayor volvió a intentar decir algo. En un instante, se repitió el crujido. Momentos después, la barra quebró y el hermano mayor, que tenía los pies sobre la misma, cayó al vacío, oscuro y silencioso, mientras pedía auxilio a vivas voces en su caída. No se escuchó golpe alguno, pero los gritos dejaron de sonar a los pocos segundos, callados por la distancia. Los otros chicos, temblando, no intentaron acudir en su rescate. La escalera se había roto, y el cielo ya no era más que un punto en lo más alto de aquella escalera. 

Una total oscuridad se cernió sobre los dos hermanos más pequeños de la familia Acero. Pronto, el frío empezó a hacer mella, y ambos estallaron a llorar desconsoladamente mientras permanecían inmóviles pegados a la escalerilla, incapaces de reaccionar, sin fuerzas y calados de humedad hasta los huesos.

Alarmada por la llantina, la madre encendió la luz presta, y sacó a ambos niños del armario, donde se habían quedado dormidos. De la oreja, los puso a los dos sentados sobre la cama y les preguntó al respecto del alboroto. No parecía enfurecida, pero sí extrañada.

–Bueno, ¿y se puede saber dónde está vuestro hermano mayor?- Preguntó.

Todavía con lágrimas en los ojos, envueltos de frío y asombrados, los pequeños se miraron mutuamente con la cara blanca de estupefacción sin saber muy bien cómo cojones explicarle a su madre –que permanecía con una breve sonrisilla esperando una respuesta convincente que zanjara el asunto- que su hermano se había caído segundos antes en una piscina infinita y que, muy probablemente, no lo volverían a ver. Tres hijos quiso tener ella, y según se cuenta, sólo dos le quedaron.



Mandarinas

Nos pusimos al sol y nuestra piel se volvió brillante y porosa como la de las mandarinas. Tenía tanto calor que al verte quise comerte buscando con ello paliar como fuera el sopor y refrescarme un poco. Lamentablemente te diste cuenta, quizá porque se me vio el plumero. Al final... Bueno, al final me comiste tú a mí.

¡Ay! Echo tanto de menos el día que fuimos como mandarinas que ahora me dedico a abrir los sacos buscándote entre las otras y no te encuentro. Las mandarinas acaban esparcidas por el suelo y finalmente desisto y entristezco.

De repente me doy cuenta del estropicio que he armado y empiezo a llorar porque ya no te tengo y porque no acabo de reconocerte entre las demás. Entonces, en silencio, tú llegas por detrás y me tapas los ojos y me susurras al oído. Que me sigues queriendo, dices, aunque me haya vuelto loco por ti. Me secas las lágrimas con tus dedos, me abrazas fuerte y me das un beso en la frente. Lo necesitaba tanto.

Solamente entonces me quedo tranquilo, y comienzo a acordarme de inmediato del día que nos pusimos al sol y nuestra piel se volvió brillante y porosa como la de las mandarinas. De cuando traté de comerte pero se me vio el plumero. De cuando al final me comiste tú a mí.

La patata no se puede poseer.

Es habitual dar por siempre válida la convención que afirma que “una imagen vale más que mil palabras”. Por su multiplicidad de significados posibles, por sus matices, por su confrontación con la palabra, la imagen resulta más completa que la palabra, suele decirse. La pintura, la escultura y, sobre todo, la fotografía aparecen ante el espectador sin palabrería, libres, vacías pero a su vez repletas de verdadero espíritu humano.

La fotografía -o más concretamente, el fotógrafo-, por ejemplo, incurre en su base en la falacia de pretender transformar lo relativo en absoluto al no utilizar, a priori, el montaje o las técnicas de edición. De esta manera alberga la intención de mostrar de forma objetiva objetos, personas, paisajes o, en general, cosas. De exponerlas tal y como son. Sin embargo, el estado de estas cosas es siempre dependiente del tiempo y del espacio, y su apariencia es en, todo caso y por definición, voluble, cambiante. La congelación de la realidad es, por tanto, mentira. Aunque quizás sea la más dulce y agradecida de todas las mentiras.

Puede, no obstante, asumir un punto de vista subjetivo, poético, y, por ende, contaminado, maculado de interpretación previa, y también falso en términos absolutos, aunque más honesto que el de adjudicarse el rol de paladín de la verdad.

La realidad es, entonces, inalcanzable, perfecta. El fotógrafo la persigue, exhausto en sus caminatas, tratando de capturarla a base de plástico y metal.

Sintiéndose inútil, finalmente, al ser incapaz de atraparla verdaderamente por el simple hecho de que el tiempo pasa, el espacio es móvil y el viento mece sus hojas. La inautenticidad se apropia del fotógrafo porque la patata no se puede poseer. Y lo demás son maniquís, simulacros, cosmética.



Periurbano

He cambiado de opinión y de gustos en cada oportunidad que he tenido sin saber muy bien el porqué. Durante un tiempo me dediqué a la reflexión sobre el panorama socio-económico, sin éxitos que plasmar en ningún palmarés. De ahí empezó a tirarme el imaginario colectivo de los grupos catalogados como 'antisistema'. Después me dejé encandilar por los encantos de lo periurbano. Al final se me torció todo en una especie de maraña de aficiones ininteligible. 

Y me di cuenta de que lo que en realidad me gustaba desde el principio eran las palabras compuestas...