Siempre hay gente rara en la estación de autobuses

Siempre hay gente rara en la estación de autobuses. Aunque nunca me creí el cuento que dice que los poetas se inspiran en este tipo de lugares públicos o de tránsito, y haciendo constar también por escrito que jamás me las di de poeta, tampoco hay que negar que la gente rara evoca, por definición, historias misteriosas e invita a especular sobre las aventuras que hayan podido vivir. A inventar sus vidas, sus miedos, sus vicios.

Hay una mujer con cara de niña que busca un sitio para poder sentarse... pero no cerca del tipo con gorro de lana que no se ha duchado en diez días. Otro joven parece atender a un rezo islámico online, y entre él y yo se cruzan un grupo de chicas quejándose del frío (son las mismas que en verano se quejan del calor). Una niña que corre, una familia al completo que despide a su hija mayor, un hombre con varias bolsas de Mercadona, una señora que debe estar preocupada por su pensión, o por saber qué prepararle a su nieto el próximo fin de semana que vendrá de visita, y un camarero bastante simpático que bajo sus ojeras oculta, como puede, la convicción íntima de saberse un desgraciado: quería ser futbolista cuando niño, y ahora indica a los viejos que tienen el mando para activar la máquina de tabaco atado a un cordel roñoso pendiente de una columna de azulejos cascados.

En realidad no son gente tan rara, y podría decirse que se trata de gente normal. Personas normales, en definitiva, con sus historias normales, sus problemas normales y sus vidas normales. Una normalidad que me asfixia por su abundancia.

Hoy todo parece tranquilo en la estación. De repente, se abren las puertas y entra de golpe un soplo de aire frío, y con él entras tú, y no sé distinguirte entre lo helado del aire. Se me olvida entonces el escrutinio celoso que hacía de las vidas de la gente, que me dan igual. La mujer con cara de niña deja de tener rostro, el hombre que no se duchaba ha dejado de oler mal, y la señora dubitativa parece haber resuelto sus problemas con la administración.

Entras tú y contigo entra un frío que se me agarra en las rodillas, se me posa en las orejas y en la punta de la nariz. Me invade y se mete dentro de mí, y cuando pasas por delante, sin advertir mi presencia, me ha terminado de calar hasta los huesos. Con lo tranquilo que estaba.

Siempre hay gente rara en la estación de autobuses: una niña que corre, un hombre que sigue un rezo, una señora que se preocupa por su nieto, un camarero que se siente desgraciado. Y hoy también había un tipo helado de frío, ya más adulto que niño, que observaba a los transeúntes especulando sobre sus vidas y escribía en un cuaderno lo que era incapaz de decir.

“Ya nadie escribe en un cuaderno”, decía la gente al pasar, “desde luego siempre hay gente rara en la estación de autobuses”, comentaban en voz baja al verlo.

Luego entraste tú.



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