De cuando me regalaron unos guantes de portero

Cuando era yo pequeño era ciertamente ya mayor. Luego continué siendo un niño mucho tiempo, quizás falsamente. Creo que aún lo soy. Pero no fue un camino de rosas: he de lamentar que en la frenada por evitar hacerme mayor me torcí el tobillo un par de veces, lo que me costó sin duda mi carrera futbolística, tan de moda en la época, y me colocó de portero durante quién sabe cuántos años más, forzando a mis padres a comprarme unos guantes de portero… guantes que acepté con cierto recelo, evitando obsesionarme con la parte maldita de aquella manzana: el saber que jamás sería un buen jugador, y que sólo valía para ser portero. Me propuse, al menos, ser un portero correcto, sin florituras.

Pues bien, no conseguí ni una cosa ni la otra. Dediqué los recreos en la portería del patio del Colegio Público Santa Clara, situado en el barrio del mismo nombre, a dejarme llevar por historias inventadas y ensoñaciones, o cuentos que yo mismo trazaba y que hoy lamentablemente ya se me han olvidado. De cuando en cuando, sí que es verdad, regalaba a mis compañeros una gran parada para mantener, al menos, aquel estatus que me habían concedido como portero fijo, (que era lo contrario del por todos envidiado portero-delantero), que si bien de segundo nivel, no me convertía en un paria sin oficio ni beneficio. Había que sobrevivir en aquella jungla. “Era el mercado, amigo.” Hoy pienso, o quiero pensar, que recibí aquellos guantes con ilusión y algo de humor, que en cierta manera emanaba de mis propios padres, que conocían perfectamente la situación. Aunque posiblemente también sea mentira y me lo tomé regular. Llevé mal aquella situación un tiempo hasta que me olvidé de aquello y metí mis carreras como jugador y portero en el baúl de las batallas perdidas.

Hablando precisamente del humor, desde muy pequeño yo ya sabía que existen en el corazón del mismo dos semillas enterradas que extienden silenciosamente sus raíces de orilla a orilla. Y es que con escasos ocho años y siendo aún un infante en cuerpo y alma ya sabía yo de este asunto, y no porque nadie me lo hubiera contado, sino porque hay cosas que uno sabe, en las que repara ya a los ocho años. Incluso antes. Son cosas que se ven venir.
Con apenas ocho años yo encontré en el corazón del humor dos semillas que motivaban la creatividad y el talento para hacer el payaso desde que sale el sol hasta que se pone.
La una, de pesadumbre, de desencanto. Por la efeméride de la vida, por lo volátil y escaso del amor, por nuestra insignificancia, por la seguridad de la muerte (el capítulo de la muerte fue especialmente duro), o porque nunca llegaría a ser un buen jugador de fútbol, que es lo que estaba de moda.
La otra, de rebeldía, de espíritu contestatario, de libertad y de vigor. Que no permite el decaimiento, que no gusta de la autocomplacencia -tengo que decir que estas palabras las puse luego, ya que por muy listo que fuera, con tan sólo ocho años no conocía las maravillas de la lengua cervantina, colmada como está de aderezos para el palique-, y que te lanza a la portería con unos guantes a estrenar porque no tienes nada que perder.

Con ocho años encontré en el corazón del humor, y en el mío propio, dos tendencias que se complementaban y que me animaban a tratar de encarar la vida con la perseverancia de saber que sólo el humor, sólo la risa, y sólo esos ratos en que somos felices son los que hacen que valga la pena nuestro paso por este mundo complejo, sucio y repetitivo.

Humor, me dije ya con ocho años, para superar la muerte, la tristeza y el dolor. Humor porque el humor es vida. Y lo que no es vida, es muerte. Y yo a la muerte no la toco ni con un palo. Ni cuando era un infante de tan sólo ocho años, ni ahora.



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