El Pillín de Don Iñaki

La calma reinaba sobre el chalet a las afueras de Barcelona que el señor Don Iñaki y su esposa, Cristina, tenían desde hacía unos años. Qué bonita época. El sol lucía impecable en el cielo. A Don Iñaki lo que en realidad le molestaba era el viento, no se crean, porque azotaba en los barrios de ricos y pobres molestando a todos por igual. A Don Iñaki le encantaba el buen tiempo. El buen tiempo… ¡y los gambones!, se apresuraba a aclarar siempre entre sonoras risas.

El señor Urdangarín dejó a sus vástagos en la puerta del colegio de pago con cierta prisa y, una vez se hubieron apeado para llegar a tiempo al ensayo general de la obra de teatro que estaban preparando, Iñaki dijo al mayor que él se tenía que ir a hacer unos recados. Los chicos entraron y él marchó en el todocamino familiar rumbo a su oficina para triturar algunos documentos antes de que llegara el Lunes.

Con la tarea concluida y sin dejar evidencias de delitos fiscales que pudieran ulteriormente acarrearle problemas con la justicia, ya de camino a casa, inspirado por una melancólica música de piano de Ludovico Einaudi, a quien seguía tras haber visto Amélie con su esposa, y de quien se había bajado cientos de archivos gratuitos MP3, pensaba silenciosamente en lo fugaz de la vida, en las metas que no había conseguido lograr, en que la juventud no regresa, en esos amigos y familiares a los que nunca más volvería a ver, en que el lobo es un lobo para el lobo, y el hombre un lobo para el hombre, en los gambones, en esas maravillosas puestas de sol que se disfrutan Mediterráneo, en que las Baleares no eran más que una reaparición de las cordilleras béticas, donde tantas y tantas veces había esquiado, tras kilómetros bajo el mar. Pensaba en que no tenía miedo a la muerte, y sí a la soledad. Pensaba también en el determinismo social, en la seguridad con que algunos chicos encuentran en su destino la más absoluta desgracia, sin una mano redentora, sin finales felices. Iñaki pensaba en sus sueños, en que no había techos que pudieran pararle.

Era un camino largo.

Recogió en el chalet a su esposa, que lucía un flamante vestido rojo, y ambos se encaminaron hacia el colegio, donde tras el ensayo general de esa misma tarde, sus hijos interpretaban la obra de teatro “El Fantasma de Canterville”.

Ya en el colegio, Don Iñaki tenía la costumbre de no andar demasiado desde el coche hasta el sitio donde tuviera que ir, así que como estaban todos los huecos ocupados, se apresuró a aparcar en el reservado para minusválidos –lo que le costó una disputa con un minusválido de verdad, un tipo molesto, que “parecía enfadado con la vida”, decía Don Iñaki– y salió del coche haciéndose el cojo ante la atónita mirada del resto de padres. La Infanta, abochornada, se tapaba la cara con la mano entre sudores fríos, aguantando lo penetrante de las miradas de los asistentes a la función. La desfachatez de Don Iñaki era palpable en cada acto.

El señor Urdangarín siguió cojeando (de manera manifiestamente falsa y forzada) hasta llegar a la puerta del colegio.

Cristina lo agarró por el brazo y lo introdujo en el interior del edificio. Buscaron unos asientos libres y se sentaron. Antes de comenzar la función, Don Iñaki empezó a echar pestes, criticando a aquel colegio y a mostrar su aburrimiento con comentarios a viva voz que, lejos, de ser jocosos no pasaban de la obscenidad que le era inherente. “El buen tiempo no se puede comprar, Cristina, pero que no falten gambones”, le confesaba a su esposa, cada vez más ruborizada, que no encontraba ya las razones que le hicieron unirse en sagrado matrimonio a tal pelele.

Aburrido en mitad de la obra, cuando ya sus hijos hubieron hecho su breve contribución a la misma, se levantó de su butaca y dijo a su esposa que iba a a curiosear un poco por la zona.
Se introdujo entre bastidores y llegó sin quererlo al escenario, que en ese momento se encontraba con el telón cerrado en un cambio de escenas.

Encontró en mitad del decorado una enorme cesta con caramelos de propaganda recogidos en la Cabalgata de Reyes que formaban parte del guión de la actuación: los niños tenían que tirarlos al público al final de la obra. Don Iñaki, sin advertir la situación, quiso coger un par de ellos y cuando se dio cuenta tenía sus varios bolsillos repletos de docenas de caramelos.

Finalmente, se abrió el telón y apareció Urdangarín llenándose los bolsillos de caramelos de propaganda.

Y aún no se sabe cómo se llama la película.

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