Miedo

Cuando tenía nueve años mi horizonte se limitaba prácticamente a los lindes de mi barrio, Santa Clara, y lo exterior era desconocido llegando a representar por regla general y debido a mi ignorancia un terreno hostil donde las personas que allí habitaban no gozaban de la altura moral, la bondad y la hermandad pacífica con que se vivía en mi barrio. Tal era el caso de los niñatos de San Pablo, título que recibían aquellos niños del popular barrio contiguo que se paseaban por el nuestro por las tardes con la sola intención de amedrentarnos, birlar cualquier baratija, dejarse ver, fanfarronear y reafirmar su personalidad atesorando para el recuerdo las miradas llenas de miedo de los niños de menor edad y tamaño con los que se encontraban y a quienes hacían pasar un mal rato. Todo ello, claro está, haciendo mucho ruido. 
No obstante, ya entonces, con tan sólo nueve años, yo sabía a la perfección que en realidad no se trataban sino de unos pobres desgraciados que muy probablemente huían de problemas mayores en sus casas, de su inminente fracaso escolar y, claro, de un Polígono de San Pablo de color gris y blanco con bloques de pisos sin ascensor construido con escuadra y cartabón en la época del Caudillo para las crecientes clases populares de España en los primeros años sesenta. Para redondear la tristeza que emana de la concepción del susodicho polígono, cabe destacar que está a su vez dividido en pequeños barrios conocidos con las letras del abecedario. 
A pesar de que yo entendía que escapar de todo ello en plena era de la globalización era algo necesario para los chicos de San Pablo crecidos en los noventa, a mí me daban mucho miedo, y consiguieron que durante algunos meses fuera la comidilla de las conversaciones en el recreo de mi colegio, y que a mí me latiese más rápido el corazón al ir a clases de inglés los martes y jueves por la tarde, en la academia Top English, que por aquella época se situaba junto al colegio Los Rosales (que históricamente rivalizaba con el mío y por lo que sus alumnos no me caían tampoco excesivamente bien), frente al descampado que se encuentra entre la Parroquia de Santa Clara y el Colegio San Agustín.
Al tiempo, la presencia de los niñatos de San Pablo fue cada vez más esporádica hasta que bien sus incursiones se hicieron anecdóticas o bien yo me hice demasiado grande para ser objetivo de unos niñatos que sólo buscaban presas fáciles, nada que pudiera comprometer su fama. Es posible que tenga más sentido esta segunda opción, y que hoy sean los hermanos pequeños, los sobrinos o los hijos de aquellos niñatos los que se pasean por Santa Clara buscando presas fáciles, y que los antiguos niñatos se rían, como hago yo, sobre lo absurdo e infantil de aquella situación.
En una de estas reflexiones descubrí que no eran tan malos y que, muy probablemente nunca lo hubieran sido. Entonces los perdoné.


Tras un tiempo sin encontrar un nuevo enemigo o un nuevo ente al que temer, apareció el Gobierno como el nuevo objetivo de mi particular odio, con lo que focalicé sobre él mis frustraciones, sabiendo que cualquier novedad respecto a la cada vez peor situación del país venía provocada por ellos. Sin embargo, cuando me di cuenta de que los gobiernos de España seguían por regla general los dictados de Alemania también le declaré la guerra, en mi desconocimiento, a los germanos, y pensé que, al fin y al cabo, nuestro gobierno no era tan malo, que sólo hacía lo que le decían.
No mucho después, se hizo evidente que la Banca estaba detrás de todo, y que, en general, la infraestructura económica, los bancos y cajas de ahorros, las agencias de calificación y, por supuesto, Estados Unidos, eran los culpables de los males que azotaban a nuestro pueblo. Probablemente ni siquiera Alemania podía hacer frente a estos titanes por lo que perdoné su intransigencia y asumí que eran de los nuestros.
Cuando China apareció en el tablero me llevé las manos a la cabeza sobre las presiones que podía ejercer la emergente gran potencia sobre el resto del planeta, y al poco a poco ver cada vez a más chinos en sospechosos coches de lujo, y más y más tiendas de chinos en nuestras calles, me hizo temer los tejemanejes que se traían los chinos para finalmente dominar el mundo: pensando globalmente y actuando localmente, en cada pueblo, en cada ciudad. Entonces pensé que nadie podría plantarles cara a los miles de millones de chinos que hay en el mundo, y ese día me dieron miedo los chinos, más que nadie, porque ni siquiera Estados Unidos, por malos que fuesen, podrían hacerles frente. Mi dilema con los chinos era que la mayoría de ellos parece carecer de alma, de sentimientos, y quizás es eso lo que más miedo me daba, la progresiva robotización del mundo que yo había conocido.
Pasaron los días y reapareció el terrorismo yihadista, otra vez más y cada vez más fuerte, transportándonos el terror y el horror de la muerte que hasta el momento estaba fuera de Europa. Ahora teníamos la guerra en casa, y lógicamente me dio mucho miedo, más incluso que la creciente e imparable expansión china, y mucho más que las políticas alemanas. Esos hombre mataban por placer, y no se conformaban, como los niñatos de San Pablo, con vacilar a la gente, ejecutaban a sus prisioneros a sangre fría, sin importar sexo, raza o condición. Eran unos sanguinarios.
No obstante, algunos artículos y apuntes de clase que leí hacían hincapié en que eran los medios de comunicación los que establecían una cuidadosa agenda con los temas que se debían debatir en la calle, y los que orientaban de alguna manera la opinión pública, adormilaban las conciencias del público y anulaban el espíritu crítico de la población, con lo que nada de lo anterior tendría sentido sino que yo mismo habría sido uno de los miles de millones de pardillos a los que habían engañado, y que habían conseguido enfocar mis críticas en la dirección que ellos habían querido. Y que me habían convencido, desde el principio.
Entonces los temí a ellos, más que a los propios yihadistas, porque eran ellos los que habían permitido de alguna manera legitimar a los terroristas, darles bombo, darles importancia y hacer que los demás tuviéramos miedo de salir de casa. Habían contribuido desde su butaca a difundir el mensaje del terror, de los malos. Y eso hizo que fueran los medios de comunicación los que me dieran miedo, porque eran capaces de hacer lo que fuera y de cambiar la historia a su antojo, poner o quitar a presidentes del gobierno y entrenadores de fútbol a placer, promover leyes haciendo que de la noche a la mañana los buenos fueran malos y viceversa. ¡Ellos lo controlaban todo!
A los pocos días pensé en todos aquellos agentes externos que me habían dado miedo: los niñatos, el Gobierno, Alemania, los bancos, Estados Unidos, China, los yihadistas y los medios de comunicación de masas. Todos en algún momento habían sido malos, conmigo o con el mundo en general, o al menos su manera de actuar había sido para mí motivo de congoja. Los malos de la película, en definitiva. Y al margen de que fuera o no fuera verdad, que yo tuviera o no tuviera razones en verdad para temerlos, me resultó curioso el simple hecho de que en todos los casos había un denominador común. Algo que hacía que pusiera en duda todos mis temores, y que me replanteara si efectivamente la realidad era así como yo la estaba entendiendo. Resultó que todos ellos eran o habían sido malos, y que el único bueno era yo. Extraño, ¿no creen?

No hay comentarios: