Feria de mi corazón

Se hacen muchas críticas a la Feria de Sevilla y muchas de ellas con razón. 

Se dice que es cara y que, por exclusiva, termina por ser demasiado excluyente, al contrario de lo que ocurre en otras ferias de municipios cercanos. 
Y en eso tienen razón.


Que en ella sólo se ve representada una Sevilla rancia y anclada en estructuras obsoletas, que ensalza la figura del señorito, propia de ese caciquismo latifundista tan andaluz (y que sigue manteniéndose vigente, aun cuando los culpables limpian sus manos en galardones, méritos y llaves de la ciudad). 

Puede que en eso también tengan razón.
Que es un canto a la hipocresía y a la farándula, a lo rimbombante, al exceso, al hedonismo. A esa chulería que, dicen, repartimos los sevillanos. A la España de charanga y pandereta.
Y probablemente sea verdad.


Se dice que es poco democrática. Que es sólo para sevillanos o, mejor dicho, para una parte de los sevillanos. Que a veces habla mal sobre la ciudad y sobre su gente, dejando al descubierto las miserias y estigmas que pesan sobre sus vecinos.
Y a lo mejor tampoco van desencaminados.


Pero igual por eso mismo la Feria de Sevilla es la Feria de Sevilla, y no otra Feria, y no otra verbena de pueblo con festín de farlopa y música bachatera. Porque Sevilla es Sevilla y su Feria es su Feria. Y al que no le guste, ya sabe. 

Que no venga.


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