De aquellos Miércoles, estos lodos

Cómo no iba a acordarme. Esas cosas no se olvidan. Hoy ha resultado ser un día muy especial. A última hora. Para muchos habrá pasado desapercibido, pero hoy es Miércoles de Ceniza, día en que comienza la Cuaresma.

Lo confieso, he tenido que mirarlo. En la web de Antonio Burgos hay un calendario de fiestas en el que contempla, ni corto ni perezoso, hasta el año 2100. Prueba irrefutable de que la muerte no entra dentro de sus planes a medio plazo, lo cual es fantástico, ni de los planes que tiene para la Semana Santa, lo cual no entraré a valorar. Un tipo ambicioso, eso sí. Como el esperanto.

Internet esconde una asombrosa cantidad de sorpresas curiosas y datos imprácticos y absurdos que llenan a uno el estómago de gozo. Por ejemplo y según este calendario, no será hasta 2026 cuando el Miércoles de Ceniza vuelva a caer en 18 de Febrero. Quedan, pues, once años, los mismos que habrán de pasar hasta que caiga de nuevo en 18 de Febrero. Será en 2037. Estaban deseando saberlo, ¿no? Como yo.

Tras entender el carácter puramente matemático de esta repetición, imagino al señor Burgos sentado silenciosamente pero en verdad nervioso, y deseoso de que la noche de los tiempos no se trague a sus queridos palios. Probablemente tenga razón, y eso nunca ocurra. Quién sabe. Habrá que decirle al Coleta que respeten hasta 2100, al menos.

Pero no era lo de Burgos lo que me traía a estas líneas sino el Miércoles de Ceniza que, como digo, es hoy, y he tenido que mirarlo. Me ha resultado ciertamente curioso, porque antes no lo miraba. No, señor. Constituía en sí toda una tradición escolar. Me lo venían recordando religiosamente (por partida doble) semanas antes, y entre compañeros y profesores repasábamos con mimo el protocolo litúrgico y la simbología antes de que llegara el gran día. Llegado el mismo, a una hora prudente de la mañana, ni muy temprano ni muy tarde, cruzábamos el descampado que separa colegio e iglesia, y nos íbamos colocando por orden, banco a banco, clase por clase, hasta comenzar la celebración.

Estudié en un colegio de curas como habrán podido intuir. El de mi barrio. San Agustín, se llama. Hace homenaje a Agustín de Hipona. Bueno... homenaje, homenaje, no. Más bien lo regenta la orden de los agustinos. Creo que viven según las enseñanzas del tipo, aunque no sería capaz de decir ni tres ahora mismo. Es porque me pasé las clases de religión pensando, según fui creciendo, en el Señor de los Anillos, el fútbol, y los culos de las chicas de los cursos superiores. Sobre ellas, no me interesaba lo que tuvieran que decir, yo sólo me interesaba por sus culos.

A decir verdad, nunca supe muy bien qué definía a los agustinos que tanto los diferenciaba, qué sé yo, de los dominicos. Me traía al pairo. En el escudo del colegio había un corazón, una flecha, una bola de fuego y un libro. Así que imagino que sus principios serían esos. Amor al prójimo como filosofía, cultivo del intelecto para el desarrollo espiritual y disparo con arco a objetivos inflamables.

Siempre pensé que hubiera sido más gracioso que en vez de llamarse agustinos, se llamasen Agustines, como si existieran en ella tantos Agustín como en Córdoba Rafaeles. No obstante, y por más que les gustara San Agustín, durante aquella época no conocí a ningún Agustín, tan sólo a mi profesor de kárate, y hasta donde yo sé no rendía culto a Jesús. Verdaderamente nunca supe de su interés religioso, y tampoco me importaba como no me ha importado de nadie, pero al menos no nos hacía rezar. Nos hacía, eso sí, decir cosas en japonés, pero nada lejos de lo común. Entiendo que entra dentro de la ortodoxia de enseñar algo. Uno ha de aprender la Salve en un colegio de curas, y a contar hasta diez y saludar respetuosamente al contrincante en japonés si aprende un arte marcial. Son cosas naturales. Hoy no me acuerdo, eso sí, ni de una ni de otra.

El Miércoles de Ceniza era un día muy particular. Para mí especialmente, que no estoy bautizado, por lo que no podía comulgar, creo, ni tomar parte de ninguna de los actos propios del catolicismo. Ni siquiera lo comprobé. Siempre me quedé con un mal sabor de boca, el de no haberlo intentado. Aunque intuyo que engañar a Dios debe ser como tratar de hacerlo con la administración pública, no cuela si falta un papel. A mí me faltaba el más importante. El pecado original.

Yo me sentaba con los demás y con mi pecado original en la parroquia del barrio. Actuábamos como si nada ocurriese, pero se me notaba... ¡Y tanto que se me notaba! Sentía como si rezumara pobreza espiritual. Como si todos aquellos estuvieran a salvo de las catástrofes, de cualquier desgracia que, quién sabe, nos podría pasar allí mismo. Y sólo yo, de toda aquella gente, estuviera condenado a vagar en el limbo sin que me dejasen entrar en ningún sitio. Ni Jesús, ni Alá, ni Buda. No entraría en sus discotecas privadas post-mortem.

¡Quién nos mandaría a mi pecado original y a mí a sentarnos en las bancas durante el Miércoles de Ceniza! Aquello rozaba lo absurdo. Sentado, de chándal, esperaba a que se levantasen a recibir la hostia mis compañeros, y a que les pusiesen en la frente una cruz con ceniza. Primero el de mi derecha, luego yo, que hacía automáticamente un gesto al de mi izquierda para que fuese él. Normalmente me preguntaba por qué no quería acudir si, total, era gratis. “Es que no estoy bautizado”, me veía forzado a responder ante la insistencia de su pregunta. “Ahm”, me respondía, y sorprendido o sorprendida y con gran decepción y cierto asco se levantaba e iba a que le dibujasen en la frente una cruz con ceniza.

Era una situación humillante. Sólo por esos momentos deseé estar bautizado. Y luego quitarme, no sé. O algo. Bautizarse es como un seguro. No se sabe si puede servir pero todos se quitan de complicaciones. ¿Pero y si... y no estás bautizado? ¿Qué? Pues te jodes. Y nadie quiere jugársela, ser el tonto que se queda sin gloria eterna por no haberse mojado la cabeza. Suena muy duro.

Yo me consolaba a mí mismo pensando en que Dios entendería que, bueno, era aún un niño, y que no tenía culpa. Al fin y al cabo, Dios es Amor. ¿No? Eso dicen. Si era verdad, lo entendería. Si por el contrario era un Dios como la administración pública, seguro que me faltaría algún papel para entrar en el paraíso, estando bautizado o sin bautizar, y me hubiera dejado igualmente vagando en el limbo, malviviendo pidiendo limosna, aparcando coches a las puertas del cielo.

Aquella idea atormentó mis clases de religión en paralelo a los otros pensamientos: El Señor de los Anillos, el fútbol y los culos de las chicas de los cursos siguientes. Fue una constante que me persiguió hasta que aquello acabó y yo me quedé sin bautizar, sin culos y sin Miércoles de Ceniza. Dejé de interesarme por el universo de Tolkien e hice lo mismo con el fútbol.

Me quedé únicamente con mis gafas, mi amor por los animales y este pecado original que me sigue acompañando hoy. Ciertamente nunca conseguí comprender muy bien para qué servía todo aquello del bautismo, la comunión y la ceniza... el libro, la flecha y el corazón con la llama: toda aquella complicadísima simbología que nunca me interesó particularmente. Conservo, eso sí, una completa incertidumbre sobre mi futuro en las puertas del cielo.


Yo solamente quería felicitar al lector este Miércoles de Ceniza y al final me he enrollado. Pero, en fin, cómo no iba a acordarme. Esas cosas no se olvidan.



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