El cinco de enero y la cultura del paraguas

Resultando extremadamente ridículo cuando está torcido, volteado o completamente desvencijado, cuando no lo está, el paraguas hace irradiar a su portador, bajo la lluvia, serenidad y elegancia. Quizás, majestuosidad y empaque en el caballero, delicadeza y dulzura en la mujer, y pocos complementos pueden alcanzar su finura, su donaire, su saber estar. Distintivo de clase, más allá de sombreros o bolsos. No busquen en otros lugares, no hallarán parangón.

Hoy es cinco de enero y esta noche vienen los Reyes Magos. El señor del tiempo ha dicho que no llueve. Sin embargo, hoy se verán muchos paraguas en la calle. Desde hace algunos años, se sacan para recoger los caramelos de propaganda que son lanzados en la cabalgata de los Reyes Magos. Esto no hace falta que lo explique: al paraguas se le da la vuelta y adquiere así una forma cóncava en vez de mantener la tradicional convexidad con la que fue ideado, de tal manera que recoge a la perfección y con gran eficacia grandes cantidades de caramelos de propaganda que son lanzados desde arriba, de las carrozas, evitando que otros indeseables se los lleven, permitiendo ganar cualquier competición de recogida de caramelos al peso que hubiere en la ciudad y, sobre todo y más importante, asegurando a la familia gran cantidad de caramelos que prometan endulzar un invierno frío.

Es de sobra conocido el carácter esencial que ha de tener en cualquier familia el aglomerar cientos, miles, decenas de miles si se pudiese, de caramelos de propaganda. Y ya se verá qué se hace con ellos. El invierno es largo. Hay visitas, citas, reuniones importantes, compromisos ineludibles en los que no pueden faltar caramelos de propaganda a mansalva. El mañana no existe en el mundo del protocolo.

Los padres ponen todo su empeño en hacer que la cabalgata de reyes de su hijo sea la mejor de todas. Y no es ya por su hijo, qué va. No se engañen. El padre se sabe mejor que otros padres cuando puede vanagloriarse de los kilos y kilos de caramelos de propaganda que lleva a su casa tras la dura tarde, cuando puede regocijarse de su labor, del trabajo bien hecho.

Se plantea una ecuación muy sencilla que podría resumirse de esta manera. Para un padre, es una buena cabalgata cuando su hijo es feliz. Su hijo es feliz en la cabalgata cuando recoge muchos caramelos. Se recogen muchos caramelos cuando uno puede llevarse los del prójimo (delante, atrás, izquierda y derecha), y esto solamente se puede hacer cuando, sin robarlos, se impide sistemáticamente al prójimo que se los lleve, anticipándose a que él consume la posesión sobre esos caramelos y consiguiendo, en definitiva, más caramelos de los que en un principio corresponderían. La única manera de hacerlo es portando un enorme paraguas. Pisoteando, si es posible, la Navidad del vecino.

La moda no pasa desapercibida. Lejos de ser condenada, cada vez son más los que se adscriben a ella. Los que agarran sus paraguas y tratan de conseguirlos todos. La trampa está servida. Pronto los niños no podrán ver la cabalgata, sí verán cientos de paraguas. Y esa es la sociedad que incubamos, los niños se fijan en todo.

Casta. Eso es lo que son. Esos padres son la casta de la que tanto se habla. El huevo de la corrupción. El tejido social que permite la podredumbre que asola nuestras tierras. La razón por la que siempre seremos bandidos, por la que el civismo nos suena a chino, por la que somos europeos solo en el aparentar. La casta son los del paraguas. Y así nos luce el pelo.

Recuerdo entonces a una bellísima Mary Poppins, hoy Supernanny, sobrevolando tranquilamente, gracias a su paraguas, los tejados de un Londres de principios del siglo pasado. Señorial, garbosa, excelente.

Y comprendo que, claro... era todo fantasía, una fantasía de caramelos de propaganda.






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