Sevillistas y béticos. Y no al revés.

Verán ustedes. Cuando se trata de Sevilla y Betis, de sevillistas y de béticos, de rojo y de verde, de una rivalidad a la que profeso cierto amor por tan prolongado roce, que me acompaña desde que soy muy pequeño y que también asumo como mía por haber querido inconscientemente desde siempre hermanarme con esta ciudad que me acogió desde mis primeros días (y con la que siento esa deuda), hay una verdad que siempre ha compartido largo trayecto conmigo desde que tengo uso de razón.

Aclararé antes de nada que no soy sevillista. No soy sevillista... pero del Betis mucho menos. No soy del Sevilla ni lo seré jamás, y es algo de lo que no me alegro ni de lo que deba arrepentirme. Simplemente es lo que hay. No soy sevillista al igual que no soy taurino, porque en mi carnet de identidad no lo pondría si hubiera cabida para ello. Y hay que tener claro lo que pone en el carnet de uno. Si te pillan con uno de algo que no eres ¡ay, amigo!, al juez no le vale tu palabra, sobre todo si en ese carnet dice que eres, por ejemplo, un miserable.

Para nada me refiero con esto a que el sevillista sea un miserable. Puede, eso sí, que a veces lo parezca, como lo parece tanta gente en estos días nuestros. Al sevillista no le hace falta ser un miserable. Y ya puestos, a ojos del que venga de fuera, puede también parecer taurino, pero de esto hay variedad, como en botica. Que cada uno se deje la patilla como quiera. Al final da lo mismo.

El sevillista es rechulón. Un poco cretino si no le caes bien. Cretino pero con gracia. Respira tranquilo y en silencio con un ademán simpático, apoyando codo y antebrazo en la barra. Sus piernas al tiempo se entrecruzan de un lado o del otro y sus movimientos se aprecian lentos desde la otra esquina del bar. Sus ojos alcanzan a ver en la distancia como los de un ave. Imparte lección con desenfado, sin precisar de una tarima. Ya está por encima de los demás. Se contonea con la cabeza alta sobre un trono de plata que él mismo ha construido. Otras veces decide comportarse de forma grosera. Al gusto. Se ríe cuando hay que reírse. Bastante. Sabe también estar en su sitio. Es, por definición, elegante, aunque en ocasiones resulte tosco y pierda así la credibilidad que ha ganado. Pero se le perdona, la elegancia no abunda últimamente en este gremio. No sé si lo hizo alguna vez. Pero desde luego eso no importa ahora mismo.

Al sevillista no se le puede definir como alguien fino porque no lo es, y sí como a alguien serio. Por lo menos dice serlo. Impecable en las formas. De gala. Impermeable. Es más plástico que su eterno rival. No se moja y no pierde color. En su diccionario no está el perdón. Empuña espada y pelea hasta sentenciar muerte al contrario. Y gana. Es el rey de Sevilla, otra vez más.

El bético es de risa más fácil, por el contrario, y de un humor más ácido. Entra ruidosamente en escena pidiendo respeto, exige crédito entre el público y no consigue nada. Si se me permite, a veces huele ligeramente a pobretón desde la esquina. Eso se nota. Y no hablo de dinero, ni de pobreza intelectual, su pobreza va más allá, es más profunda, no es pasajera. Es algún tipo de pobreza amarga que va en el alma. Es tenaz y rápido en la respuesta. Certero en la defensa de su locura. Terco. Curtido también en las artes de la conversación. Resignado y sufridor.

El bético, cuando joven, cree sabérselas todas. No se la pega nadie. Está preparado para subir al ring. Es noble en sus intenciones, y leal a su causa. Acérrimo seguidor. Luego madura como el vino y va refinando su pluma hasta llegar a convertirse en poeta de sus propias desdichas. Termina riendo con honestidad sus miserias y se deja llevar calmo en las tempestades. Se hace fuerte en la calle, es un entusiasta. Y busca refugio, más tarde, en la intimidad, para confesarse tarado de amor y borracho de falsas esperanzas.

Su discurso es, por un lado, convincente para el que escucha, a pesar de que dé la sensación de que descanse más sobre el mito que sobre la supuesta racionalidad del logos. No me gustaría dar a entender que este pecado lo ostente con exclusividad el beticismo, porque no es así, pero en su caso se hace más visible. El bético es entonces místico, casi religioso. Incansable cuando predica su fe a los paganos. Vive atado a ese empalagoso y eterno lamento. Murmura que es el heredero de la ciudad, dice ser el Real Betis, y no es sino el paje de su Majestad.


Al beticismo le pasa lo mismo que a los pobres y a los desamparados. Imagino que debe ser así. Estará escrito en algún lado. No trabajo contra ello ni le otorgo el beneficio de la duda. Quizás esa postura resuma un poco mi traición a la socialdemocracia y a la igualdad cuando se trata de fútbol. El pobre sigue siendo pobre. Tiene que serlo. La amargura, pues, de un cuento interminable. Gloria y guillotina. Esto es Sevilla y admito cuando tuve en frente la espada, desembuché lo que sabía: que en Sevilla reina sólo uno, que vive en Nervión y que lo único verde en él, es lo que pisa.



Fotografía propia. Febrero de 2012. En el álbum "Sevilla habla"

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