Durante la Velá me convierto en cangrejo

Hay una cosa en que seguro estaremos de acuerdo. Los agoreros no gustan en este país. Son como los apestados de nuestro tiempo. Se ven de lejos reunidos muy democráticamente con caras serias conversando sobre modelos económicos con mucho interés y buscándose problemas los unos a los otros.

Porque se puede ser muchas cosas en esta vida. ¡Coño, se puede ser hasta del Betis! Se puede ser de todo pero no un aguafiestas profesional, esos no gustan en ningún lado. Ni aunque empuñen litrona. A mí no me engañan. Nadie los quiere cerca y con razón. Yo el primero. Me aparto en cuanto los veo llegar con la retahila de que si esto y si lo otro y si lo de más allá. “Ofú, compadre. ¿Otra? Ésta ya me la sé.”

Cuando llega Julio y el sol hace justicia desde las alturas durante todo el día, busco mi sitio en el fresco y el refrigerio nocturno de la Velá de Triana, que se celebra a lo largo de la calle Betis (manquepierda) durante estos días. La concurrencia en la bacanal es variada y la temática ligeramente cambiante aunque con un denominador común: el carácter eminentemente festivo. En ese sentido, cuando me encuentro con un grupo de agoreros frontalmente trato de darles esquinazo con algún tipo de eslalon para que no me contagien ni lo más mínimo su espíritu crítico. “No me cogeréis en la Velá. No, señor.”

Como en toda fiesta, hay que saber por dónde moverse. Y, sobre todo, hay a que saber a quién arrimarse, y al lado de los agoreros no encuentro mi lugar. ¿Con la cantidad de chicas majísimas y monísimas que pasean a nuestra vera con aire distendido, piel morena y cabello al viento y yo aguantando la chapa sobre la coyuntura sociopolítica del colega? Nanai. Esta vez no. Me transformo en un cangrejo a lo Gregorio Samsa y me muevo hacia el lado evitando hacer mucho ruido con el traqueteo de las pinzas de cangrejo hasta desaparecer de la escena. ¡Hasta más ver! Au revoir!

Busco la caseta más fiestera. Los mejores precios. La farándula. La risotada sincera. Gente bailando encima de la mesa. Ríos de cerveza y fino. Busco ese lugar de los proverbios donde no hay mañana. Me guío por el hilo musical y el olor a adobo. Hay para elegir. La Esperanza de Triana, la Hermandad de la O... me empiezo a poner cachondo aunque sigo paseando. Paso por delante de la caseta del PSOE, de Izquierda Unida... pero no me convencen, ni me acerco. Voy acercándome peligrosamente al Puente de Triana a riesgo de salirme sin haber encontrado una opción que equilibre todos los parámetros de mi comodidad. Llego entonces a esa caseta del final (o del principio) más pegada al Altozano.

Mantelitos, borlones, detallitos de ganchillo de tonos azules y pastel, bordados estilo tapete, motivos marineros y una mesita alrededor de la cual se reúne una familia cuyo árbol genealógico queda al descubierto: padre, madre, abuela, hijos, alegría. Sobre ellos un cartel llamativo de tipografía simpática y redondeada. En él se puede leer 'populares de Sevilla' (se ha descubierto recientemente que las minúsculas son igualmente legibles). Decido quedarme allí.

En ese lugar, las sonrisas se despachan gratis. A la camarera la falta un hervor pero no hay problema, confío en que sea su primer día en un esfuerzo por darle algo de crédito. Deseo buen provecho a los comensales que discuten sobre temas familiares sin importancia. Me lo agradecen y levantan el plato ofreciendo un poco de queso viejo. Rehúso con una sonrisa. Me encantan esas conversaciones en que no pasa nada. Hablar por hablar. El tiempo se detiene. Los ascensores. La música es la más marchosa del lugar. Nadie viene a una verbena a contarle las penas al prójimo. Aquí se viene a pasarlo bien. Todos parecen comprenderlo a la perfección. Las únicas lágrimitas que veo son de pollo.

Me entretengo en mi gozo y levanto la mano. El camarero me sirve una cerveza. Levanto la vista y veo a los agoreros paseando en comandita haciendo apartarse a todo Cristo. Seguro que son del Betis. No sé qué líos se traen. Les deseo buenas noches y espero que se marchen a casa. Yo me giro y vuelvo a quedarme embobado una vez más mirando el Puente de Triana, iluminado, como de plata, sobre el Gualdaquivir. Estampa imperial, breve oleaje, carcajadas y esa brisa del verano que cura los males. Viva Andalucía, grito. Los peperos me hacen la réplica y gritan “¡Viva!” muy alegremente. Suena a toda pastilla “esa vaina loca que me lleva a la gloria”. Me siento como en un spot de Esperanza Aguirre.


El que vaya a la Velá, ya lo sabe, que me busque en la caseta del PP o en sus aledaños. Les espero apoyado en la barandilla, codeándome con la high-society, calentando el pico o charlando y echando los problemas al viento a ver si se los lleva. Así lo soluciono yo.



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