Montacargas.


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La cosa estaba clara, me había zafado de las garras del portero y ahora tenía que entrar en mi casa. Abrí la cerradura del portal con un suave toque -como siempre-. No me gusta quedarme abajo esperando, así que me incliné para poder ver la parte de atrás. La luz que iluminaba todo el descansillo de las escaleras era la del montacargas, así que estaría ahí esperando. Era un halo poco intenso de luz azulada, blanca o verdosa. Depende de la hora del día y de lo limpio que estuviera el suelo en cada caso.

Yo lo sabía porque me fijo en esas cosas y porque vivo aquí (eso tiene bastante que ver). El problema del montacargas es que es bastante lento, pero en lo que tardaría en bajar el ascensor grande y volver a subir, yo ya habría llegado hasta la puerta de mi casa. Subí al montacargas y le di al 9. No se encendió la lucecita roja, eso son lujos innecesarios en un montacargas.
Cuando te subes al montacargas sabes que, en lo que dure el trayecto, eres una carga. Y tu conciencia vital se resiente de ello. El montacargas es más peculiar, más personal, más auténtico. Más lento, más ruidoso y más pequeño también, pero esas cosas no se cuentan cuando de lo que se trata es de describir lo maravilloso que es. Aunque si de lo que se trata es de alabar el ambiente del montacargas, no conviene decir que Paco el portero baja la basura diariamente (fines de semana y festivos no) por ahí, así que por la noche suele oler mal… como a basura. Basura normal, nada de reciclaje. El reciclaje no mola en mi bloque.
Siempre que el montacargas está disponible intento cogerlo. Entre otras cosas porque sé que por ahí no me va a molestar nadie mientras subo o bajo, y en el otro ascensor puede entrar éste fumando ("porque la limpiadora también lo hace y entonces yo lo puedo hacer"), la otra con la colonia de Carolina Herrera para ir a la ópera y que si un perro y niños con carritos, familias enteras, mocos pegados en el cristal… no me joda la cabeza su Señoría: montacargas sin dudarlo.
Al llegar al noveno, pegó el típico brinco que siempre pega y se paró en seco. Se abrieron las puertas del ascensor y me fijé en el hueco de abajo de la puerta de entrada de mi casa, no había luz. A esas horas nunca hay luz en mi cocina, era algo lógico. Abrí la puerta y cerré con llave. Investigué en la nevera y encontré agua, verduras y salsas, decantándome definitivamente por el agua sin dudarlo. Caminé por el pasillo aproximadamente dos segundos y torcí en la segunda a la izquierda, que es mi cuarto. Me lancé sobre mi edredón de colores y pensé en que si existiera el teletransporte me perdería miles de viajes como éstos.