Memorias inventadas I

No soportaba ni un solo minuto más el horrible tedio que surgía de aquel antro… vacío y solitario, uniforme (tan cuadriculado que me causaba pavor), descolorido y lúgubre, a pesar de ser blanco como la nieve. Mi respiración y mis pasos inquietos eran lo único que se podía escuchar, además de los viejos muelles de la cama en la que me sentaba por el simple hecho de gastar tiempo en algo. Ni un pájaro. Ni un coche. Ni la tos ronca del viejo que vivía un piso más abajo. Ese lugar es lo más parecido a una tumba (o la idea que tengo de tumba) que he conocido jamás. Hasta una molestia o un dolor habrían salvado aquel rato de desesperación.
La habitación no contaba con ningún tipo de decoración. Sólo había una cama y un armario con espejos resquebrajados al dorso de cada puerta. Había una ventana, o más bien un ventanuco –mal colocado y torcido-, que daba a un patio interior aún más siniestro que la anteriormente descrita estancia. Se podían ver dos conductos de ventilación en el patio, y en ambos era imposible distinguir el color del que una vez fueron hechos, el óxido se había cebado sobre aquellos tubos. Sólo diciendo “aquel sitio estaba muerto” se puede llegar a comprender, aun parcialmente, la sensación que recorría mi cabeza durante las horas y horas que allí tuve que estar.
Más tarde, unos cinco minutos después, pensé que el aburrimiento no surge de los sitios, sino de las personas que no saben aprovecharlos. En aquel caso concreto mi conciencia estaba tranquila, no había posibilidad de entretenimiento o de diversión. Aquella era una auténtica jaula hecha a base de gotelé mal repartido. Un castigo. La mordaza del orador. Y si tengo que decir la verdad, no sé que hacía allí. Había dejado de recordar, como traumatizado, como por el shock, las razones que me habían hecho llegar hasta aquel sórdido emplazamiento.
Me encontraba solo, nadie más en aquel pequeño bloque del extrarradio más humilde de Londres –humilde suena demasiado bien: pobre y decrépito se adapta mejor a la situación-. Ni siquiera continuaban las obras que habían hecho retumbar el edificio durante la anterior semana, en la que, por lo visto, también me había tocado estar allí. Salí del cuarto y me dirigí a la cocina, de la cual me ahorro la descripción por ser muy parecida a mi cuarto. Allí me esperaba la nevera, tan antigua como previsiblemente vacía.
Abrí la nevera y, para mi sorpresa –esta vez sí, grata-, descubrí el mayor regalo que podría haberme hecho mi carcelero, si es que lo tenía, si es que existía algo como eso y no me estaba volviendo loco.
Era una maldita botella de cerveza. De tercio, alemana, marrón por fuera y, aparentemente, del mismo color por dentro, -aunque eso, ya se sabe, es totalmente lógico-. Agarré la cerveza y comprobé que la temperatura fuera y, de hecho, así era, óptima. Usé un abridor para retirar la chapa, que me guardé con cuidado en el bolsillo.
Estábamos ella y yo, solos. Pero con ella me sinceré más que con todos los que me habían acompañado en mi vida anterior, de la que recordaba bien poco. Cuando me quise dar cuenta, al poco tiempo, ella estaba vacía, sin nada.
Y descubrí que yo también.