Julie Blue.

Allí estaba, sentada sobre la arena. Hacía círculos con los dedos de las manos a ambos lados de su cuerpo, mientras alternaba miradas al infinito y a sus pies, cuyas puntas permanecían secas: todavía no había subido del todo la marea. Atrás se sucedían cañas y dunas, y la inmensidad de una arena blanca e infinita, sólo surcada por las diminutas huellas de los escarabajos que pululaban por allí en busca de algún bichito de menor tamaño o las porquerías que, a saber, coman esas criaturas.
No parecía decidida a entregarme ni una palabra, e incluso siguió con su itinerario de miradas penetrantes arriba y debajo de la línea del horizonte, en un balanceo de cuello sugerente y cálido. Tampoco yo quise abrir la boca, el sonido de aquellas olas representaba, curiosamente, el silencio, y no estaba dispuesto a estropearlo con una mundana frase digna de cualquier ser humano, de esos que no saben apreciar los instantes como ajenos, como naturales, aceptando su verdadera pequeñez en el mundo.
Seguí observándola mientras la repetición incesante de las espumosas olas me confirmaba que todo seguiría igual sobre aquella orilla, estuviera yo allí o no. Ella, no obstante, parecía pertenecer al momento, ajena, o no, a ese compás que las aguas bailaban justo en frente. Ni siquiera me importaba saber en qué pensaba, con pinta interesada, con sus enormes ojos clavados entre el cielo y el mar.
De repente, cuando ya hube solucionado mis internas dudas y tuve oportunidad de salir de mi pensamiento para dar con el mundo exterior, miré a izquierda y derecha pero ella había desaparecido. Según pude ver, sus huellas se aproximaban al mar, aunque como el sol parecía derramarse sobre aquellas inquietas aguas, cubriéndolo todo de amarillo y plateado, me era imposible distinguir ni siquiera una silueta.
Entendí que, aquel día, yo era sólo un espectador. Con sabor agridulce, abandoné aquella playa de vuelta a no sé dónde. Me fui, quién sabe si para siempre, pero me fui. Y es que así son las cosas en las historias.