Historia sobre dos ruedas.


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Esquivé, por suerte (punto para Dios) y con gran habilidad (punto para mí; empate), el coche que, sin echar un vistazo, se iba a meter por entre los callejones de San Pablo. Con un acto reflejo de esos que caracterizan a toda historia de acción en movimiento que merezca ser contada, me libré de ser carne de tanatorio. A continuación busqué, a mi izquierda, el carril bici que seguía de frente por la calle más parecida al infierno que he conocido nunca.
La avenida de Kansas City a las 3 de la tarde en el Agosto más caluroso de los últimos años es un auténtico reto para todo hombre o mujer valiente, no muy fotosensible y sin problemas cardiacos. Continué mi camino a pesar de que lo que me pedía el cuerpo era bajarme de la bici y darle una somanta de hostias al gordo barbudo que conducía el vehículo de mil quinientos kilos. Caballo grande, ande o no ande, pensó el tío cuando se compró ese cochazo. Y si tengo que atropellar al primer chaval que aparezca de entre los matorrales, pues a por él.
Giré mi cabeza cuando el peligro ya había pasado. El tipo seguía allí quieto, mirándome, sentado en su coche con gafas de sol y sin expresar el más mínimo de los arrepentimientos. Casi me había matado y seguro que andaría más pendiente de que su mujer le tuviera lista la comida que de que yo llegara vivo a mi casa. Le habría dejado mi ración si llego a saber que tenía tanta prisa.