Flores blancas.


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Parecía mentira que llevara cinco minutos sin apartar la vista y no fuera capaz de entender por qué las flores blancas que veo todos los días no eran blancas ese día. Y las flores no cambian su color según cómo se levanten. No estaba totalmente seguro, pero desde luego eran de un color similar al lila, no blancas, como parecían en un principio. Puede que fuera cosa de la mezcla de luz y sombra a lunares que había sobre aquel sitio y que, realmente, fueran blancas (lo cual me parece lo más probable).
En aquel momento no pensé en las sombras y los cambios lumínicos que poblaban el suelo, hecho de cemento estriado y con grietas de los años, y manchas de lo que, en su día, habrían sido chicles de colores –ahora negros- que daban al pavimento un aspecto urbano y underground.
También podía pasar que hubiera sido cosa mía: que las flores siempre hubieran sido violeta o lila (lo que significa que no tengo memoria), que siempre hubieran sido blancas (lo que significa que no veo) o que siempre hubieran sido de otro color (lo que significaría que nada en este mundo tiene sentido, digo yo). Podía estar pasando de todo e, incluso, que no hubiera flores, lo cual significaría un problema de gravedad más o menos considerable. Pero lo más probable es que fuera algo relacionado con la sombra que el toldo proyectaba sobre todo lo que había debajo, aunque tanto enigma no puede ser bueno cuando se trata de algo (las flores, en este caso) con lo que tengo que convivir a diario. No encontrar una solución válida podía hacer que me volviera loco.
Aunque me gusta descubrir rápidamente las respuestas de todos esos conflictos entre mi cerebro y la física, cuando los misterios de la vida llegan a mí, prefiero hablar sobre ellos o plantearlos para que sean otros los que se estrujen el cerebro. Esta vez fue diferente, supuse que el dilema de las flores no le interesaría lo más mínimo a nadie de los que estaban allí, así que no interrumpí su conversación, evitando de esta manera que se rieran de mí por hacer una pregunta sobre flores en un ambiente poco propicio y tendente a lo floral.
Di por hecho que las flores eran blancas desde un principio y eché las culpas a los arquitectos que habían considerado adecuado instalar un toldo hecho de comida para pájaros, que lo habrían agujereado, dando origen una luminosidad heterogénea, atractiva, fascinante y suficiente para que las hojas del arbusto que daba flores blancas pudiera hacer la fotosíntesis. Una luz maravillosa y envolvente que me importaba más que la mierda de conversación que se mantenía a mi vera.