Final feliz.


Creí descubrir nuevas texturas y olores, excitantes sabores y sonidos. Creí compartir otras caricias, otras lágrimas, otros mundos. Me sentí tremendamente afortunado hasta que descubrí que todo había sido un sueño, y no como el de Martin Luther King. El mío era un sueño de esos que se olvidan al completo justo en el momento en que te despiertas. De súbito, al darme cuenta de mi error, entristecí.
Más tarde volví a sentirme afortunado porque, por lo menos, lo había olvidado todo.