El pasado siempre gana

Resulta muy difícil discutir contra quien construye un altar al pasado y lo cubre con flores rojas y blancas que caen cómodamente sobre la madera siguiendo al viento. Se presenta muy complicado. Siempre. El pasado siempre gana. Se acude a él con cierto tono nostálgico, sugiriendo sin decirlo que todo antes era mejor, echando de menos lo que ya no tenemos, barnizando los recuerdos de un sepia elegante con destellos inmortales, suspirando mirando al cielo, añorando unas risotadas cuyo eco aún rebota contra las paredes de nuestro cráneo.

El pasado siempre gana y se plantea arduo echarle el pulso porque él siempre tiene razón. Porque no está sólo, viene cargado de amigos y familiares, acompañado de una preciosa marcha fúnebre que suena melancólica en la distancia.

En él siguen las blancas sábanas ondeando como banderas al viento, entra en nuestra nariz el olor a la casa de los primeros veranos, la tortilla de patatas en la playa, el latir de los corazones amigos, los multitudinarios brindis... la piel se nos eriza, los ojos se nos humedecen. En el pasado volvemos a aprender a montar en bicicleta.

Curioso, ¿no? Volver a aprender... Se me encoge el pecho. Al pasado no hay quien le gane.



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