Cuento: Dentista y Letizia

En la sala de espera del dentista, inspirado por una marea de jugosas revistas del corazón y un hilo musical de Kiss FM, jugueteo simpáticamente con la idea de que la princesa Letizia se haya deshinchado por culpa de unas flatulencias que esconde, asustada, en breves y solitarios paseos por la residencia de verano de la Familia Real.

Hay más personas en el cuarto, así que no me extralimito y simplemente esbozo una sonrisa imaginando una escena en la que la princesa mira hacia los lados con esa cara que sólo la gente con ojos saltones sabe poner. Ligeramente preocupada por el qué dirán, aunque sin que se note demasiado, vaga aquí y allá por las esquinas del chalet dando salida a esos gasecillos.

“En peores plazas hemos toreado”, piensa ella, tirando de refranero. Es cuidadosa. En palacio las cosas son diferentes (hay más eco). Nada para toda una princesa. Sólo el chófer asignado sabe del problema. Aguanta como un campeón en los desplazamientos pero no dice nada. Cruzan sus miradas por el retrovisor y ambos saben lo que pasa. Acelera, presa de la torpe convicción de que con el ruido evitará el olor. Error. Fin. 

Por un momento, se me olvida que estoy en el dentista. Se me hace muy corta la excursión al otro mundo. 

Lo recuerdo cuando salgo del patio interior de mi cabeza y me encuentro con que la mujer sentada enfrente me observa fijamente la zona bucal. Juzga (creo que sin miedo a ser vista) el estado de mi salud dental. No oculta sus intenciones como Letizia en palacio. Ella ha venido a traer a su hijo: sabe que está exenta de valoraciones. El niño, en cambio, mueve sus piernas sin tocar el suelo, no me observa, espera impaciente a salir por la puerta de ese universo absurdo de adultos callados que no entiende.

Nada de esto hubiera pasado si yo no hubiera fantaseado con Letizia y sus ventosidades para acabar riéndome en soledad revolcado en esta locura tan amarilla. Quiero volver al tema de su Alteza, pero no puedo si la mujer de enfrente sigue actuando como el detective que empiezo a sospechar que es. 

Invito con un gesto a la señora a coger también una revista para que haga de maruja con las cosas que importan de verdad en esta vida. Y así, de paso, probar a mandarle telepáticamente algunas directrices para ver si es capaz de sacar en claro, con sus propios métodos, la misma conclusión que yo respecto a la princesa cuando vea sus fotos en la revista… en las que sale, como digo, totalmente deshinchada por culpa de unos insoportables y anónimos vientos que traen locos a los veraneantes que viven en zonas contiguas.

La madre rehúsa mi proposición al instante con otro gesto. No quiere revista. El gesto ha sido un poco raro, como despectivo. Percibo algo extraño en la mujer. El niño también nota algo en el ambiente, algún tipo de impulso electromagnético… los niños lo aprecian todo. Levanta la cabeza, observa a su madre, pasa a imitarla y me mira también a mí. 

Genial. De repente tengo a dos personas mirándome y a Letizia llenándome el cerebro de metano. Incluso un tercer individuo de edad, peso y estatura desconocidos que, por lo visto, estaba en la sala desde el principio, se gira para ver lo que pasa al advertir unos impulsos electromagnéticos en el aire que habían sido enviados por el niño (a chorros y en absoluto secreto). 

Empiezo a ponerme nervioso. La madre dice algo al crío y éste saca unas llaves del bolsillo: son de un Mercedes, parecen auténticas, ningún juguete. ¿El niño? ¿Conduciendo un Mercedes? Aquí hay algo raro.

 Me rasco el cuero cabelludo lentamente sin dar demasiado crédito a lo que veo. El chiquillo se levanta de su silla y se dirige a la puerta. El tipo desconocido que también estaba en la sala de espera se quita un bigote de pega y resulta ser la princesa Letizia disfrazada de hombre desconocido con gabardina y bigote de pega. Empiezo a entender el pestilente aroma que se había adueñado de la sala momentos antes. Me quedo a cuadros, paralizado en una mueca atónita, aunque reacciono al segundo. 

“Qué burdo disfraz”, pienso, sin pronunciar palabra, pero dejándolo entrever con unos aires de superioridad que podemos poner todos, no sólo la gente de ojos saltones (no todo pueden ser privilegios para el mismo colectivo), “aunque cómo ha colado”. 

Deduzco sin dudas que el niño es el chófer, el mismo que sabe lo de las flatulencias. Ahora todos me miran con cara de complicidad, comprenden que también yo sé el secreto. Incluso la madre. 

La asistente del dentista entra en la salita y llama a Letizia para pasar a la consulta, ella se quita la gabardina y debajo no hay nada. No me resulta sensual porque ciertamente no hay absolutamente nada. Se ha ido deshinchando hasta no quedar nada. Era todo cierto. 

El niño que al final era el chófer sale detrás de Letizia. La madre se levanta y se coloca el bigote postizo que había dejado Letizia sobre las revistas, y también su gabardina. Es definitivamente un detective. Me han engañado desde el principio. Sale de la salita guiñándome el ojo de esa forma que sólo los detectives saben, y me quedo sólo. 

Olvido el suceso. No puedo procesarlo.

Miro al techo y sólo veo gotelé y una lámpara con aspiraciones estéticas incumplidas, me aburro, no creo que vaya a pasar algo más interesante, bajo la mirada y la madre y el niño vuelven a estar en la sala. Creo que me he inventado todo lo anterior.

La señora hojea una revista en la que aparece Letizia en portada. Se está deshinchando. El niño no parece tener ninguna llave. Me quedo tranquilo, ¿habré soñado? Espero mi turno escuchando Kiss FM.

La madre, que divaga por el universo de adultos callados que se distraen con la carnaza de otros, esboza una sonrisa. Sabe que la princesa se deshincha por momentos debido a unas flatulencias. Le miro la boca juzgándole los piños. Le he dado la vuelta a la situación. No me he vuelto loco. Me relajo y llega mi turno.

“¡Lucas!”, escucho desde el pasillo. Me llaman. Me despido de la señora ahora que ya sé que no es ningún detective. El niño sigue liado enviando impulsos electromagnéticos en absoluto secreto.

Salgo del cuarto esbozando una sonrisa. La asistente me mira los dientes. 

“Mierda”, pronuncio sorprendido en voz alta. 

Es Letizia. Bastante deshinchada.


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