Creo que nada.

Aunque pudiera sonar increíble, me disponía, hasta hace breves instantes, a darme la réplica sobre una conversación que ya había tenido anteriormente conmigo mismo. A lo mejor les ha pasado alguna vez a ustedes pero la verdad es que no me importa.

La gente, colectivo de obligada pertenencia para todos, solemos hacer esta clase de estupideces muy a menudo, la verdad sea dicha (aunque en mi defensa en este caso). Les aclaro, para su tranquilidad y también para la mía, que no voy a mover ni un solo dedo para tener de nuevo esta discusión. Así pues, como palpo en el ambiente que nadie me acompaña en el pensamiento, y que aun haciéndolo, no le voy a otorgar la palabra, voy a cortar de raíz esta absurda conversación con mi yo interno.

Lo que no puedo, gajes del oficio, es marcharme sin contar que he hecho un descubrimiento brutal y asombroso: Y es que estando cómodo es como realmente estoy cómodo, lo que viene a ser una redundancia, una gran verdad, y también el tema que se presenta hoy.

Es en ese ambiente de extrema y peligrosamente adictiva comodidad donde navego por los mares de la realidad y de la mentira llegando a conclusiones, unas veces irreverentes, cuando naufrago, y otras veces certeras, cuando por fin llego a buen puerto.

Otras veces no llego a ninguna conclusión. E incluso no alcanzo ni a pensar y me entretengo revolcándome en el barro de la propia comodidad, aunque eso sólo ocurre cuando ésta se encuentra en su pico más elevado, como hoy. Entonces me paso el rato intentando distraer al público, insultando a la clase política o a mis compañeros de clase, haciendo previsibles juegos de palabras, contando chistes verdes o escribiendo mentiras y memeces varias una detrás de la otra. En alguna ocasión casi me he sentido subnormal por ello, aunque lo superé tras engancharme a varias drogas de las que ya me he desenganchado pero sólo en los días pares.

Y es que, según he aprendido a lo largo de mis pocos años de vida, en este mundo que se construye a base de medias verdades, a veces es mejor el teatrillo ligero, la broma fácil, lo superficial, lo estético y pasarse dos párrafos, como estos que les leo hoy, sin hablar claro, antes que hacer más confesiones de las que se tienen presupuestadas y llevarse media vida arrepentido de haber abierto el corazón más de lo que se debía, hasta no poder cerrarlo nunca más. La sinceridad, esto ya se sabe, ha matado a más gente que el SIDA.

Al hilo de todo esto, y como conclusión, aprovecho para decir que hoy me voy a largar de aquí, con permiso de la autoridad competente o sin él, sin decir absolutamente nada de interés.